I
Los árboles cernían, sobre la muchacha, las filamentosas sombras de sus agujas cimeras. El viento del Norte, aún templado, ponía coloretes en sus mejillas y en sus ojos un rastro de lágrimas inevitables. Pero no quería desanimarse, así que empezó a cantar una vieja canción aprendida de su madre. Y, según su voz se iba animando, así se alegraban sus pasos y, según crecía la fuerza de su voz, así también, crecía su ánimo, hasta colmar todo su espíritu.
A cada instante, se encontraba más alegre y decidida, y daba grandes pasos de baile y pequeños y atrevidos saltos, girando sobre sí misma, aireando el liviano tejido de su falda, abandonada a mareantes remolinos de colores. Toda ella era una peonza de felicidad que giraba y giraba hasta perder la conciencia y también el frágil sentido del equilibrio.
En uno de esos giros, en el último de sus saltos, tropezó con una raíz que sobresalía mucho de la tierra... y cayó redonda, girando aún a un suelo alfombrado por yerbajos. Reía aún, desconcertada y sorprendida, alegre y despreocupada, en el aturdido girar en su incesante baile.
Se abrazó a la tierra besando su humedad verdosa y tomó un puñado de oscuro barro, ensuciándose las manos para, después, lanzarlo al viento, esparciéndolo y desperdigándolo como una ofrenda a los dioses del bosque. Luego se dejó caer sobre un lecho de hojarasca, ramas resecas y musgoso verdín, hasta que recuperó el aliento. Así permaneció un buen rato, con los ojos cerrados, prestando atención al alocado discurrir de sus pensamientos hasta que, definitivamente cansada, se quedó dormida, arrullada en su descanso por el rumor persistente del aire entre las desvestidas ramas de los árboles, bañada por el blando caer dorado de las últimas hojas del otoño, y de la suave tibieza que le prestaban algunos tímidos rayos de sol.
II
El sueño es amigo de las musas, de los duendes, de los brujos y las brujas, de las hadas y los hados, de los gnomos y de las jóvenes ilusionadas. Durante el breve fragmento de existencia que comprenden los sueños, se cumplen los recónditos deseos, se manifiestan los más ocultos temores y se vive todo aquello que nos aleja de nuestra íntima realidad. Cuando se duerme, se despierta a otra vida, múltiple y diferente, sin principio ni fin, sin limites o escrúpulos de la siempre condicionada conciencia.
Y así ocurrió, en nuestra pequeña historia.
Cuando el sol, siempre presente en la vida, llegó a su cenit, el día se partió en dos, sin más estruendo que el canto de los pájaros, ocupados en confeccionar elaborados nidos para su perentoria descendencia. Sus trémulos trinos despertaron a la joven, cuyos hermosos ojos, gris niebla, despertaron de las oscuridades tenebrosas del sueño para escrutar curiosamente la vida.
Las manos abandonadas a su costado y manchadas del oscuro moho residual de la tierra, aprisionaban los últimos restos de un puñado de lodo tomado al azar y apretujado entre sus dedos.
Aquella fracción de tierra ocultaba un secreto que se ahora se manifestaba en la palma de su mano. Liberándola de su opresión, una pequeña piedra, de singular redondez cayó a sus pies, entre las briznas de hierba. Ella la tomó de nuevo entre los dedos, observándola con curiosidad. La piedra era de un profundo color negro. Parecía una gran perla, irregular y oscura, sin el brillo esmaltado y destellante fulgor de las verdaderas joyas.
Le dio vueltas y vueltas entre sus dedos, con detenida curiosidad, hasta descubrir, en la superficie de la misma, una pequeña señal blanca, que quebrantaba su unidad de color: una cicatriz blanquecina, de carácter marmóreo, semejante a un trazo que se escindía en dos ramas, las cuales se cruzaban con una pequeña línea, lo cual producía la impresión, simbólica, naturalmente accidental, de ser un carácter ortográfico: una pequeña “A”, que se revelaba de forma casi imperceptible.
La joven se quedó mirando largo rato aquella oscura piedra y la aparente “A”, que mostraba en su superficie, preguntándose si pudiera ser la señal que había esperado desde siempre; un talismán que pudiera darle la clave del lugar hacia el cual pudiera entregar sus esfuerzos al futuro, o bien, qué otro significado pudiera tener. Después de limpiar la piedra de los últimos restos de barro, la envolvió en un pañuelito y la escondió en el bolsillo de su falda, apretándola aún, firmemente, entre sus dedos para seguir manteniendo su contacto con ella y sentir su presencia mientras emprendió, apresuradamente, el regreso a su casa. Le habrían echado de menos durante la hora de la comida y su familia seguramente, pudiera estar preocupada.
Y así era. Poco antes de que pudiera siquiera vislumbrar su casa, ya había percibido, en el aire, el acre olor del humo del hogar donde se habría cocinado el alimento para la jornada y, luego muy pronto, tuvo ya a la vista una blanca nubecilla proveniente de la chimenea que remataba el tejado de pizarra de la granja.
Su hermano había salido a su encuentro y, sin reprenderla, muy aliviado por encontrarla a salvo, le urgió a entrar en la casa. Luego, tuvo que contestar algunas preguntas, pero solo durante los breves momentos en que le sirvieron el plato de comida que le habían reservado. Después, todos se retiraron a descansar desahogados, antes de continuar con su trabajo. Ayudó a su madre a recoger las cosas y dejar el fogón en orden y, más tarde, al quedarse sola, se retiró a su pequeña habitación para, de un salto, sentarse sobre la estrecha cama acolchada con un cobertor de lana, hilada en rombos de colores brillantes, que su abuela había tejido para su regalo, cuando era una niña que cumplía sus primeros diez años de vida.
La luz de la media tarde era tanta como para que toda la estancia tuviera una confortable claridad y, pensativa, la joven extrajo del bolsillo su hallazgo. Miró la piedra detenidamente, haciéndola girar y moviéndola con cuidado entre sus inquietos dedos. Ahora que estaba limpia, parecía más brillante. Incluso, empapando con su propia saliva un pico de su pañuelo, la siguió refrotando, empeñándose en hacer más legible aquella pequeña y disimulada “A”, que era casi imperceptible, hasta que el pretendido dibujo se hizo más nítido y legible.
¡Qué extrañas cosas proporciona la naturaleza! Nunca dejaría de sorprenderle... ¡Una “A”!... ¿Qué significado podría tener aquello? Estaba intrigada... ¡Le interesaban tanto las cosas!... Luego reflexionó que aquella podría tener un significado mágico. Hay muchas palabras que comienzan con “A”; no necesitaba recurrir a los libros para recordar y pronunciar algunas en voz alta, y muchas tantas otras como empezaban a agolparse en su mente; aunque era obvio que alguna aquellas palabras, o quizá tan solo una entre todas, contuviera la clave secreta de un posible significado y que pudiera influir verdaderamente en su vida.
Durante el resto de la tarde, estuvo dándo vueltas a los mismos pensamientos. En ellos, repetía palabra tras palabra, todas aquellas que comenzaran con: “A”. Muchas de ellas eran de uso cotidiano, que nominaban objetos y acciones vulgares y otras hasta le hacían reír y las dejaba de lado, divertida, porque no imaginaba que estuvieran relacionadas en modo alguno con su destino y, desde luego, no parecían contener ningún sentido esotérico.
Se le pasó el tiempo sin sentir, y continuaba aún en aquel juego de inventiva, cuando su madre le reclamó para que le ayudara en las faenas de la casa. Con gesto de decida obstinación, se puso ropas adecuadas y, aunque sin darse por vencida, olvidó de momento sus elucubraciones para emprender activamente la limpieza de la pequeña despensa.
Aquella noche, uno de sus momentos preferidos, cuando aún el pequeño fogón todavía concedía restos de calor al ambiente de la cocina, sacó de un estante sus libros. Tenía que estudiar mucho, antes de regresar a la ciudad y poder optar por aquel nuevo empleo que sería su primera experiencia en el mundo de los adultos. De modo que tomó un cuaderno nuevo y un lapicero, cuya mina afiló cuidadosamente con el pequeño cuchillo de pelar patatas, y trazó en la portada del mismo una gran “A” mayúscula, que fue adornando con filigranas y orlas que había copiado tantas veces, aprendiéndolas de los libros con modelos de los bordados que su madre se entretenía laboriosamente en realizar de cuando en cuando. Y dio forma a aquel signo, el anagrama que empezaba a constituir una parte de sus tenaces pensamientos y que le llevó un buen rato terminar, adornándolo con grecas y floreados festoncillos dibujados, que llegaron a ocupar hasta el mismo borde de la página principal del cuaderno.
Cuando ya no hubo lugar para dibujar más adornos, se quedó mirando, reflexivamente, aquella expresión orlada de detalles, y resolvió que aquella letra, enmarcada en filigranas de filamentos serpenteantes, había satisfecho su labor. Sacó una pequeña caja de lata de tono cobrizo donde guardaba sus cosas más personales y, envolviéndola en un pequeño pañuelo de batista, perfumado con unas gotas de esencia de azahar, guardó en su interior y cuidadosamente la piedra, como un nuevo y pequeño tesoro o una añorado recuerdo. En la caja, junto a las largas horquillas sujeta-pelos, rematadas de bolitas de hueso, dos imperdibles dorados, un pasador, adornado con un broche de concha, y un par de pendientes de perlinas engarzadas en plata vieja – regalo de una anciana tía, a la que había querido mucho-, quedó la piedra, reposando en su misterio cabalístico el cual, algún día no lejano, estaba convencida descifraría, para su bien.
III
Durante los siguientes días se mantuvo ocupada en su trabajo y en estudio, repasando las asignaturas fijadas para el examen al que tendría que enfrentarse para optar a aquel primer su esperado trabajo. Aunque, en los momentos de necesario asueto, volvía a pasear por los campos y su querido bosque, aspirando profundamente con el frescor del aire y confortándose con los aromas de la vida natural. Todo ello colmaba su espíritu de energía y esperanzadas ilusiones.
Cuando llegó el momento de volver a la ciudad, preparó un discreto equipaje; besó a sus padres, abrazó a su hermano y emprendió el camino, enjugando inevitables lágrimas, ya que su corazón temblaba al dejar atrás todo lo que había constituido el fundamento de su vida.
El tren puso distancia entre todo aquello que jamás olvidaría y el futuro a que aspiraba, y le depositó en el centro de la ciudad donde tendría que residir durante algún tiempo y esperaba conseguir un razonable trabajo. Tuvo suerte. Su dedicación, así como una gratificante presencia de agraciada belleza, salud y fuerza, jugaron a su favor.
El tiempo fue transcurriendo y ella progresando, inmersa en diferentes ocupaciones y experiencias distintas, que le fueron procurando la oportunidad de vivir materialmente cada vez mejor. Aunque, durante el día o la noche, tuviera momentos en que añoraba la pequeña casa en el campo donde había discurrido su feliz infancia.
En los momentos de mayor nostalgia, sentada sobre su cama, como de costumbre, abría la pequeña caja de color de cobre, casi ceremoniosamente, despojaba de su envoltorio la piedra negra y jugaba con ella entre sus dedos, cumpliendo un habitual ritual que la serenaba en los momentos de incertidumbre entreteniéndola en los de soledad, mientras se cuestionaba una y otra vez el significado que podría tener para ella aquella diminuta “A”, marcada en la superficie de la piedra negra.
Ocasionalmente, sacaba la libreta adornada con aquella florida “A” inicial, donde se había propuesto ir escribiendo lo más significado de sus pensamientos y ocurrencias y, con letra trazada pulcramente, los reflejaba, sin más orden que el propio de unas páginas encuadernadas, que iban amarilleando por el paso del tiempo como una flor seca dorándose en reclusión.
Convivían estos recuerdos con algunas cartas plegadas en el fondo de la caja y recibidas de su madre, con unas fotografías tomadas en la granja donde había tenido la fortuna de nacer, y donde su infantil retrato sonreía, con peremne inocencia, mientras abrazaba a su familia.
Su niñez la había pasado, dejándole rastros muy profundos en el alma, más que en la fuerte plenitud de su cuerpo. Cuando tenía tiempo, o en algunas horas de forzosa y desocupada soledad, solía repasar en su memoria las situaciones extrañas que había tenido ocasión de vivir. Volvían a su recuerdo los ecos de las palabras de pretendido amor de algunos hombres que se habían desvanecido de su vivencia; mientras los dedos enredaban en la cajita, rebuscando entre las horquillas y los alfileres, los botones de hueso, los pendientes, un lapicero de plata, que le habían obsequiado al despedirse en su último trabajo en un periódico local, y otras menudencias de entrañable significado; terminando inevitablemente por desenvolver el pañuelo de batista y depositar en la palma de su mano aquella negra piedrita que comenzaba a tomar un tono frío y acerado, casi pulido, de tanto acariciarlo constantemente entre los dedos.
Para entonces, había viajado mucho llevándola el azar a muchos lugares y ciudades diferentes, dándole la oportunidad de conocer a otras gentes y vivir momentos muy gratos, incluso apasionados, sin que, por suerte o desgracia, que eso nunca hubiera podido asegurarlo, ninguno de aquellos prometidos amores hubiera permanecido a su lado el tiempo suficiente como para formar una relación consistente. Había, así, pasado por aventuras y experiencias, soledades y compañía, deseos y placeres, sufriendo decepciones y olvidos.
Cada día, al mirarse en el espejo intemporal, su rostro recordaba a aquella joven de rostro alegre, de cabello rubio e indomable, de sonrisa imperfecta y pícaramente divertida, de gestos resueltos y decididos, que aún continuaba buscando la orientación definitiva que debiera dar a su vida.
Rememorando aquel momento clave del pasado, otras muchas veces, en sus viajes circunstanciales a otros lugares y paisajes diversos, hundía sus manos ente las arenas, los musgos y las hierbas de otras tierras con la esperanza de encontrar otro posible auspicio premonitorio, sin fortuna alguna. Había también sesteado bajo otros soles y empapado de otras lluvias durante inclementes tormentas y temporales de amor, dejando que otras manos acariciaran prometedoramente su dorada piel y reflejaran en sus ojos los brillos de un inconstante deseo, y tropezado con las raíces escondidas de muchos otros problemas.
Con fuerte voluntad, había construído casi todo lo que rodeaba su vivir, salvo la propia certeza de su ignoto y anhelado destino, sin duda, en su crédula fe, suponía premonitoriamente oculto en el talismán de aquella oscura piedra, señalada por aquel carácter críptico tan particular.
Según iban transcurriendo los días, semanas, meses y años, fueron sucediendo las situaciones, buenas, regulares y malas; que de todo hay y siempre habrá en el discurrir por el cambiante camino de la existencia de cualquier ser humano. Esta pequeña historia podría prolongarse y no llegar a resolverse del modo en que ella codiciaba en secreto.
Pero, un día amanecido entre nieves, el sueño había huido tempranamente de su cuerpo y el silencio de la casa, al calor de un fuego extinto, aún se envolvía en el manto de la noche. Estaba desvelada, sintiéndose incomprensiblemente inquieta. Como era su costumbre en aquellos momentos de incontrolada ansiedad, se abrigó con una larga bata y sacó de un cajón de la cómoda de su habitación el pequeño cofre de sus tesoros. Después, directamente, descubrió el envoltorio sedoso y extrajo la pequeña piedra negra.
Durante largo rato estuvo observándola, con tanto cuidado como si fuera aquella primera vez, cuando la encontró en el bosque desprendida de la húmeda tierra que iba limpiando de sus manos. Allí, insensible al tiempo, aquella pequeña y sugerida “A” continuaba nítidamente marcada con filamentos de tono color de mármol. Tomó de su escritorio una hoja de papel y un lápiz cualquiera y comenzó a escribir las palabras que, comenzando con aquella vocal misteriosa, fueran provocando en ella alguna emoción. En primer lugar, su nombre que, paradójicamente, comenzaba con una A, luego su apellido como refuerzo de identidad. Luego, trazó, con mucha lentitud y en mayúsculas, el verbo que mejor expresa los buenos sentimientos: “AMOR”. Después, el nombre del lugar donde residen todos los afectos: el “ALMA”. En este momento se detuvo, indecisa ante lo que había brotado espontáneamente en su imaginación, al escribir, espontáneamente, la palabra: “ARTE”...
¡Claro! – reafirmó – Eso es lo que ocultaba el críptico mensaje de la piedra negra en la sugerida “A” que durante tantos años había intentado desentrañar... ¡El Arte!
Abandonó el juego memorístico. Puso a un lado la página que estaba escribiendo y miró su cerrada mano izquierda, que retenía la pequeña piedra marcada, que acostumbraba a manejar arbitrariamente entre sus dedos, largos y sensibles, mientras escribía.
Quizá – pensó – si me atreviera... Retomó el lápiz y otra nueva hoja en blanco y comenzó a trazar una tímida línea que fue serpeando y revolviéndose, entrelazada, hasta formar entre sus bucles, formas que, levemente esbozadas iban construyendo sugerencias iniciales de diversidad de imágenes y formas que habían habitado su mente en sus primeros sueños de niña y, luego, ilusiones de serena mujer.
Casi imperceptiblemente, trazo sobre trazo, fue concretando los rasgos y reforzando las marcas más ambiguas, tiñendo con el lápiz de espeso grafito gris, los espacios y huecos que iban definiendo una rústica representación de la piedra negra, manteniendo evidente la figura de aquella adivinada letra “A”que, aunque ignorada, hasta entonces, siempre había contenido para ella la clave que preconizaba su inequívoco y definitivo destino como ser humano:
el ARTE.
Rimbaud