Digamos, pues, que abocamos a un fin sin remedio.
Alguna vez tendrá que ser el último y final: ¡Adiós!
que precederá a nuestra postrera expiración letal,
ultimando, definitivamente, esta existencia fatal.
Tal vez repitamos en nuestra mente alguna canción
o, quizá, recordemos la seductora primera lección
de placer que nos diera una mujer, en su amparo;
o, tal vez, algún otro momento de feliz descaro.
Aunque, en ese punto, todo recordar resulta vano
no procurando un residuo de ilusión al ser humano.
Más valiosa que el oro nos resulta la aspiración vital
de continuar en este mundo y, a ser posible, tal cual.
Es probable que neguemos la presencia de un dios;
pero, morir, será siempre cosa, al menos, de dos.
El cuerpo tiene unido a sí mismo un verdugo brutal:
la conciencia de estar alcanzando siempre su final.
Al tener constante, entre cejas, la cruel premonición
de que no hay quien se libre de esa final destrucción,
empapados de temor, en un mítico soñar de Ícaro,
buscamos con ansiedad la luz trémula de un faro.
Escrutando signos que nos indique a donde vamos,
nuestras alas de cera se funden, mientras volamos
irremisiblemente arrebatados hacia el cegador Sol,
que ignoramos si será tibio cielo, o abrasador Seól.
Destino sancionado en un último juicio de la acción,
en que se haya concretado nuestra particular situación,
antes de la llegada de la esquelética y Parca señora,
que viene envuelta en las nieblas de la opaca aurora.
Frente a ella, nos sentimos ya todos como hermanos,
y, en triste solidaridad, extendemos nuestras manos.
Olvidando al momento censuras y cualquier otro mal
memoramos, con alabanzas, al desaparecido mortal.
Ahí se acaba cualquier posible sentimiento o emoción
de principio, sucediendo generación tras generación;
sin que la Naturaleza muestre, jamás, ningún reparo
a que el vivir condicione a abonar un precio tan caro.
Es curioso cómo se va templando nuestra variable pasión
que, cuando está pujante de energía, es total exaltación
y, en los momentos de tristeza, un medroso desamparo.
Por ello, de la deuda de vivir, pago mi cuota, resignado.
Rimbaud