CRÓNICA DE UNOS RECUERDOS (Closinglisboa-14 febrero-2007)
Hoy es el día de San Valentín, por lo tanto, debiera empezar con la imagen de un corazón esta crónica de unos diversos recuerdos. Así también, en nuestros viajes, caminamos entre signos vitales evidentes: árboles y piedras. Anclamos en puertos o iniciamos el descenso de un río. Luego deambulamos por calles y plazas; entramos en museos, nos demoramos, emocionados, ante ese o aquel cuadro. Pero... aunque nuestra pupila perciba ese: "todo”· realmente, cuando nos detenemos ante algo concreto, reposados y curiosamente inquisitivos, es cuando percibimos la ley universal de que las cosas son emanentes signos de otras previas y causales.
Los almendros en flor anuncian la primavera. Los atributos de un dios griego nos indican qué tipo de plegaria había que dirigirles para conseguir donarse de algunos de sus poderes; la firma de un cuadro prestigia, valora e identifica a su autor...
Hablar del mediterráneo es una metonimia. Amo al Mediterráneo casi como si fuese un hombre al que cada día le descubres poros nuevos, lunares, cicatrices, o nuevas formas de querer. En todos sus rincones encuentras al hombre, sus hechos y su memoria. Los signos de aquello que fue y en lo que el hombre los ha convertido.
El cambio constante y ese mundo indivisible que forma el entorno integrado con sus habitantes.
Recuerdo, ahora, súbitamente, un viaje Marrakech.
En la gran plaza “Djama”, todos éramos desconocidos, turistas incensados por el sahumerio infinito y aromático de los humos de las incontables cocinas ambulantes. Los aguadores, con vistosos trajes, beduinos; Subsaharianos con tatuajes tribales; músicos, turistas... y los intercambios de miradas, como líneas que unían a una persona con otra, dibujando triángulos, estrellas, encuentros estelares, seducciones astrales y abrazos terrenales.
Comprendes que tus actos son acción e imagen;... espejo que acrecienta el valor de las cosas, o las niega.
Tengo ante mis ojos una postal de Venecia... Pero requeriría contar otra historia, en cualquier otro momento.
Llegué a Corfú, tras cruzar Italia en tren. El viaje desde Bolonia a Brindisi me recordó, por las imágenes de sus pueblecillos, a la “España Negra”. Arribamos a la casa de los inmigrantes: “El Sevillano".
Las “tarantelas” estaban en el aire: La botella de “Chianti” - ese vino que todavía conserva el amargor de incurables nostalgias -, se pasaba de uno a otro, como en nuestro cálido país se pasa generosa y hermanadamente: “la bota”.
Las manos gesticulaban resaltando cada palabra, reforzando o haciendo comprensible su expresión: ¡Per la madonna! ...
Mi boca no perdía la sonrisa, ni mientras dormitaba – bien y escasamente, por cierto.
Amo a esa tierra... A Botticcelli; Adoro las plazas de Roma; el rugoso y verde cruce alpino de Los Dolomitas; el recoleto refugio intelectual de la Biblioteca de Sabattini; La húmeda basílica de San Marcos; la intensidad del sabor de los cafés “capuccino”; la pasta aliñada con cosas indescriptiblemente mezcladas en una jugosa pasta de “pane”.
Amo todas y cada una de las evidencias del Renacimiento... ¡Sí! De La Italia lo amo todo,... menos la cerámica “Capo di Monte” y la celestialmente terrenal “Piazza del Vaticano”.
En un aliscafo crucé el mar Jónico. Pequeños islotes verdosos, salpicaban las aguas turquesas, hasta llegar a Corfú, arribando al puerto de Kerkyra.
El dios Zeus se enamoró de Kerkyra; la persiguió y la hizo suya en esta isla. Cuando pisé tierra, yo me quedé boquiabierta. ¡La luz era esplendente! Aún hoy, cuando recuerdo el momento, mis ojos se llenan del recuerdo de aquella luz,... y el profundo olor a sal, proveniente de un mar azul ultramar, densificado por la historia.
Los mercados y las mujeres, semejantes a repetidas Irene Papas; el sirtaki, que en su danzar hizo que ascendiera al cielo. Las pequeñas tabernas, donde entraba hasta la cocina para escoger lo que deseaba comer: pimientos asados, berenjenas,... dolmades... (Como conoceréis, soy muy gastronómica).
Las manos de los pescadores zurciendo redes. Sus manos en mi cara mientras decían (mas o menos): " La dona espagnola, e la greca, una razza una fazza"*
*( La mujer española y la griega, una misma raza y una misma apariencia)
Retsina, Oreste, Parakalo, Epharisto... Y el rumor del mar y el viento, entre las estremecidas ramas de los olivos, a los que me abrazaba, cuando no los trataba de dibujar en mi cuaderno de notas.
Sueño con esos olivos,... Aún me veo inmersa en ellos. De aquellos lugares, salté al Peleponeso: Macedonia, Hidra, Creta...
Y, aunque Safo me acompañó,... y también Ulises; aunque Kavafis pusiera la letra y Lluis Llach la música; ... en ese viaje lo invisible se adueñó de mí, y aún me posee todavía.
Y espero que jamás pierda la guía de su deslumbrante luz.
Closinglisboa.
