ORA ET LABORA (Rimbaud - 19.10.06)
Despierto, súbitamente, agitado.
Este gallo japonés de mis mañanas
ha emitido su alarmante llamada.
He salido de la cárcel del sueño,
donde flotaba entre tinieblas;
donde caía en precipicios sin fin;
donde veía los rostros, ya huidos
de mi consciente y lúcida memoria.
Miro, durante unos breves instantes,
la negra esfera y la hora, contrastada.
Extiendo la mano y pulso un botón,
en búsqueda, perezosa, de otra luz
diferente de la neblinosa y grisácea,
que penetra por los cristales velados,
salvando el obstáculo de los visillos,
y el pesado lastre de los cortinones.
Me desprendo, con reticente pereza,
del refugio tibio; de la blanca sábana;
del acogedor albergue de la almohada,
donde duerme aún el libro que ojeaba,
y que me ha acompañado en mi reposo,
indolente y fiel, acurrucado a mi lado.
No recuerdo el último de esos cuentos
que, antes de rendirme, me ha susurrado.
La mañana, y la calle, empapada de alba,
donde abandoné anoche mi caja de metal,
me devuelven brillos húmedos de escarcha.
Aún me queda trabajo: ordenar papeles,
trazar un plan en mi agenda, tan cubierta
de inciertos propósitos para muchos días.
Signos que marcan, con una cruz, lo cumplido,
y los abiertos con interrogantes, pendientes.
Es una libreta de cuero viejo, que repongo,
cada año, con sus 365 hojas de esperanza;
y que termina reflejando, en breves notas,
el esfuerzo en que se agotan mis jornadas;
qué caminos gastan la suela de mis zapatos,
y la historia de mis éxitos y de los fracasos;
las cuentas del coste material de mi vida,
y los recursos que sostienen a mi familia.
Suspiro, antes de cumplir el rito diario
de sumergirme en el agua de ese baño.
Un río Ganges, para ablución de infieles;
un estímulo para mi cuerpo tan cansado;
de blancas porcelanas, y jabones suaves;
de lienzos sin color, azafranes o dorados,
que tienen el anagrama de este albergue,
en un rincón, mecánicamente, bordados.
Dentro unas pocas horas, ante un jurado
de gesto hosco y de desconfiado observar,
debo presentar mis escasos resultados.
Cifras del negocio logrado, y expectativas,
proyectos, viajes, y situación del mercado.
Baremos, ratios, cálculos muy elaborados;
cifras y productos; proyectos y realidades,
que justifiquen tantos recursos invertidos.
Cuando termino, prácticamente agotado,
hay siempre un silencio denso, vibrado
por el nerviosismo de los otros condenados
a igual pena, por el capital que nos aprisiona
en esta cárcel de vidrio y madera de caoba,
desde la que solemos mirar la vida de lejos.
Y escuchamos del amo, como un regüeldo,
que no sabe el porqué nos pagan un sueldo.
Entonces, suelo abrir mi agenda tan usada.
Acaricio su lomo, de suave cuero repujado,
oscurecido al calor del tacto de mis manos.
Paso las hojas nuevas, impolutas y crujientes,
para adivinar el porvenir en sus líneas vacías.
En la solapa, doblada, de la contracubierta,
encuentro respuesta a mi previsto destino:
rostros que me sonríen, en unas fotografías.
Rimbaud.
Este gallo japonés de mis mañanas
ha emitido su alarmante llamada.
He salido de la cárcel del sueño,
donde flotaba entre tinieblas;
donde caía en precipicios sin fin;
donde veía los rostros, ya huidos
de mi consciente y lúcida memoria.
Miro, durante unos breves instantes,
la negra esfera y la hora, contrastada.
Extiendo la mano y pulso un botón,
en búsqueda, perezosa, de otra luz
diferente de la neblinosa y grisácea,
que penetra por los cristales velados,
salvando el obstáculo de los visillos,
y el pesado lastre de los cortinones.
Me desprendo, con reticente pereza,
del refugio tibio; de la blanca sábana;
del acogedor albergue de la almohada,
donde duerme aún el libro que ojeaba,
y que me ha acompañado en mi reposo,
indolente y fiel, acurrucado a mi lado.
No recuerdo el último de esos cuentos
que, antes de rendirme, me ha susurrado.
La mañana, y la calle, empapada de alba,
donde abandoné anoche mi caja de metal,
me devuelven brillos húmedos de escarcha.
Aún me queda trabajo: ordenar papeles,
trazar un plan en mi agenda, tan cubierta
de inciertos propósitos para muchos días.
Signos que marcan, con una cruz, lo cumplido,
y los abiertos con interrogantes, pendientes.
Es una libreta de cuero viejo, que repongo,
cada año, con sus 365 hojas de esperanza;
y que termina reflejando, en breves notas,
el esfuerzo en que se agotan mis jornadas;
qué caminos gastan la suela de mis zapatos,
y la historia de mis éxitos y de los fracasos;
las cuentas del coste material de mi vida,
y los recursos que sostienen a mi familia.
Suspiro, antes de cumplir el rito diario
de sumergirme en el agua de ese baño.
Un río Ganges, para ablución de infieles;
un estímulo para mi cuerpo tan cansado;
de blancas porcelanas, y jabones suaves;
de lienzos sin color, azafranes o dorados,
que tienen el anagrama de este albergue,
en un rincón, mecánicamente, bordados.
Dentro unas pocas horas, ante un jurado
de gesto hosco y de desconfiado observar,
debo presentar mis escasos resultados.
Cifras del negocio logrado, y expectativas,
proyectos, viajes, y situación del mercado.
Baremos, ratios, cálculos muy elaborados;
cifras y productos; proyectos y realidades,
que justifiquen tantos recursos invertidos.
Cuando termino, prácticamente agotado,
hay siempre un silencio denso, vibrado
por el nerviosismo de los otros condenados
a igual pena, por el capital que nos aprisiona
en esta cárcel de vidrio y madera de caoba,
desde la que solemos mirar la vida de lejos.
Y escuchamos del amo, como un regüeldo,
que no sabe el porqué nos pagan un sueldo.
Entonces, suelo abrir mi agenda tan usada.
Acaricio su lomo, de suave cuero repujado,
oscurecido al calor del tacto de mis manos.
Paso las hojas nuevas, impolutas y crujientes,
para adivinar el porvenir en sus líneas vacías.
En la solapa, doblada, de la contracubierta,
encuentro respuesta a mi previsto destino:
rostros que me sonríen, en unas fotografías.
Rimbaud.
