¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!
Dicen que un perro adulto,
de buena raza y mejor pelo,
padecía el desconsuelo,
de ser considerado un bulto.
Era un guardián fiel;
con su mejor voluntad
vigilaba la heredad
haciendo bien su papel.
Festejaba a sus dueños
con talante complaciente;
no diría que sonriente
pues, ¿Cómo sonríe un perro?
Sus dueños, le cuidaban
porque le querían mucho.
Cuando estaba pachucho,
le lavaban y peinaban.
Así, la vida del can
transcurría sin placer,
cumpliendo con su deber
sin que le faltara el pan.
Vivía en una gran casa
y cuando salía de paseo:
¡Aquí meo, aquí no meo!
chuleaba en plan de guasa.
Con las hembras, y de caza,
se mostraba muy prudente,
educado y consecuente
de la alcurnia de su raza.
Mas, en su fondo interior,
para no hablar del alma,
aquella aparente calma
le hartaba hasta el horror.
Se sentía prisionero
en una cárcel dorada
y soñaba con una amada
ladrar y copular, fiero.
Pero, para su desgracia,
eran muchos los cuidados,
las caricias, los halagos,
y la falta de gimnasia.
Así, el perro vino a acabar
de tal modo vegetando,
que ni de vez en cuando
le apeteciera ladrar.
Por no perderlo, sin duda;
sus dueños, al jugar
solo le permitían hurgar
en algún cubo de basura.
Mas, perro de morro fino,
pronto se cansó de aquello
porque pringaba su vello
tan cuidado, el canino.
Una mañana, de pronto,
de golpe, al despertar,
comenzó a gimotear
y a quejarse como tonto.
Pensaron que estaba enfermo,
con la gripe, o el moquillo,
con celos de algún chiquillo,
o, quizás, con algún muermo.
Alguno, más avispado,
al oír su tristes lamentos,
sentencio: “Su descontento
es porque está enamorado.”
La sorpresa fue tremenda.
¿Como era posible aquello?
¿Aquel perro estaba en celo?
¿Tenia partes pudendas?
“¡Soltadme ya, por favor!...
Dejadme vivir mis ansias,
recorrer cualquier distancia
para encontrar a mi amor”
“Si no come, no es pereza
-aseveró el dueño- ¡Seguro!
Y, permitidme, yo auguro
que es cosa de naturaleza.”
“Un día de esta semana
-el jueves, a más tardar-,
lo tenemos que cruzar
con hembra fina y de fama.”
“De los perritos que salgan,
nos quedaremos con dos.
Y, si así lo quiere Dios,
los que sobren, se regalan.”
De modo que, una mañana,
bien atusado y ufano,
le sacaron de la mano
en busca de una galana.
No entendía el animal,
que la libertad y el placer
se acostumbra a conceder
de forma provisional.
Y le llevaron muy lejos,
más allá de la ciudad
donde, a decir verdad,
solo había perros viejos.
Por el campo, tras un río,
cruzando suaves vaguadas,
sus patas desentrenadas,
llegaron a un caserío.
Estaba el can en la gloria.
No acaba de saltar
de correr y de enredar
y girar como una noria.
Por fin, llegó el momento.
Le mostraron a la perra.
¡Venga! ¡Hazle la guerra
por la parte del asiento!
El lebrel, cogido en pronto,
cumplió el pobre como pudo
frente al súbito desnudo,
y se quedó como tonto.
Y de nuevo, vuelta al hogar.
Más vacío que feliz
refrotaba su nariz
sin saber lo qué pensar.
No entendía a los humatas.
Le estaban volviendo loco
¡Aquello le supo a tan poco
como hecho con las patas!
Después, pasó otra semana,
y fue olvidando el asunto.
Nunca supo hasta que punto
disfruto aquel montón de lana.
Al cabo de ciento y viento,
como si fuera entre sueños,
oyó decir a sus dueños...
¡que podría estar contento!
¡Qué sino el del animal!
No solo le hacen sufrir
sino hasta cuando reír
se lo mandan, al final.
Pues, que ladre o que no ladre...
¿Cual es el fausto motivo?
¡Seis cachorros han tenido!
¡Le habían convertido en padre!
Nunca pudo, el pobre zote,
ni lamerlos ni chuparles
ni verlos amamantarles,
ni tomarlos del cogote.
Así, los insulsos días
le agriaron los humores.
Despertaron mil rencores
y adquirió ciertas manías.
Costumbres que no gustaban
tanto a la concurrencia.
No tenían ya la paciencia
conque, antaño, le arreglaban.
¡Mirad al cánido fiel,
que se morirá de viejo,
sin perseguir a un conejo
y sin jugarse la piel!
Así, los muchos cariños
con que fue tan atendido,
cuando hubo envejecido
no se los daban los niños.
¡Hum! Este perro bizquea...
¡Que no es bizco, que está tuerto!
Hay que quitarse a este muerto.
¡Ya te he dicho que se mea!
¡Quita de en medio, demonio!
(¡Vaya! Diablo le llaman
aquellos que antes estaban
pidiendo su matrimonio).
Se convirtió en un pendejo,
con el pelo encanecido,
casi sin haber conseguido
de la vida ni el reflejo.
Su destino: El Universo.
Su presente: Una falacia
esperando el golpe de gracia
que le dará algún perverso.
Con harta resignación
y envuelto en una bata,
le arrastraron de una pata
hasta subirlo a un camión.
¡Qué infortunado lebrel!
En su vida, no dio ni una...
¡Si hasta le ladró a la luna,
por iluminarle a él!
Y esta es la penosa historia
de un perro fiel y cuidado
que en su vida, el desgraciado,
hizo de Tonto de Coria.
Yo, obtengo una moraleja,
que así puede ser resumida:
quien se conforma en la vida
y no atiesa las orejas.
Por no perder la comida,
resignado a ser comparsa
en un mundillo de farsa,...
hasta le quitarán la vida.
¡Guau! ¡Guau! ¡Guau!
Rimbaud