SE VA CANSANDO EL MAR (Rimbaud - Marzo - 2007)
Se va cansando el mar
terminando singladuras
de ola que, tierna y pura,
a la tierra va a entregarse
en espumas de hermosura,
ofrendando blanca albura,
en tenues destellos de sal.
Al otro lado del puente,
un verdinegro bancal,
donde reposan las barcas
dormidas en el arenal,
con sus velas arriadas;
las gruesas telas mojadas
en un charco residual.
El horizonte se aleja
teñido de plomo pulido.
De la forja roja del sol,
en mate acero batidos,
van asomando luceros
vagando como veleros
sobre la noche del mar.
En el malecón rocoso,
recostado en un carrejo,
enciende la pipa un viejo
en la temblorosa llama
de un cristalino fanal;
afanándose el marinero
en trenzar un nudo prieto.
Cumpliendo su ritual,
entre ululares de viento
va apareciendo, muy lento,
envuelto en sedosos velos
surgidos desde la niebla,
el pálido rostro de la luna
como un fantasma de hielo.
Los barcos echan las anclas
afirmando sus temblores
y serenando a Neptuno,
para comentar sus amores
antes de llamar a Morfeo
con un fraseo de brumas
de ron, guitarra y verseo.
Yo, que no suelo rezar,
quizá por engreimiento,
debiera también confesar
que, estas noches, siento,
en lo que llamamos alma,
impregnarme de la calma
de una paz Universal.
Rimbaud
terminando singladuras
de ola que, tierna y pura,
a la tierra va a entregarse
en espumas de hermosura,
ofrendando blanca albura,
en tenues destellos de sal.
Al otro lado del puente,
un verdinegro bancal,
donde reposan las barcas
dormidas en el arenal,
con sus velas arriadas;
las gruesas telas mojadas
en un charco residual.
El horizonte se aleja
teñido de plomo pulido.
De la forja roja del sol,
en mate acero batidos,
van asomando luceros
vagando como veleros
sobre la noche del mar.
En el malecón rocoso,
recostado en un carrejo,
enciende la pipa un viejo
en la temblorosa llama
de un cristalino fanal;
afanándose el marinero
en trenzar un nudo prieto.
Cumpliendo su ritual,
entre ululares de viento
va apareciendo, muy lento,
envuelto en sedosos velos
surgidos desde la niebla,
el pálido rostro de la luna
como un fantasma de hielo.
Los barcos echan las anclas
afirmando sus temblores
y serenando a Neptuno,
para comentar sus amores
antes de llamar a Morfeo
con un fraseo de brumas
de ron, guitarra y verseo.
Yo, que no suelo rezar,
quizá por engreimiento,
debiera también confesar
que, estas noches, siento,
en lo que llamamos alma,
impregnarme de la calma
de una paz Universal.
Rimbaud
