MERECUMBÉ (Rimbaud - 06.11.06)
Hoy, he contemplado,
sentado en el autobús,
a una Reinona Negra
reposando en su trono
de verde viejo y dorado.
Simulando ser elegante,
he tenido que admirar,
pareciendo despistado,
sus oscuros, profundos
y grandes ojos rasgados.
El pelo llevaba peinado
en un cestillo enhebrado,
que dejaba ver la piel
entre mil surcos, cruzados,
naciéndole de la frente.
Bello marfil, conservado
en una roja caja oscura
y repleta de sonrisas,
tras sus labios de rubíes
de perfiles remarcados.
Y sus labios abultados,
los senos comprimidos
por un corpiño apretado,
y en la cintura ceñido
por un vaquero azulado.
Se le veía el ombligo;
ese redondo epicentro
de un terreno privado
en el que, aventurero,
quisiera haber indagado.
Ideando un buen móvil
para su crimen sonoro,
con el rostro iluminado,
en busca de su tesoro
en el bolso ha rebuscado.
Con largas uñas de gata,
pintadas de clara plata,
los números ha pulsado.
Al terminar de marcar,
pronto le han contestado.
Sin pretenderlo evitar,
aunque mi oído sea malo
para lenguas sincopadas,
así han sido las palabras
que he logrado descifrar:
"Tan, biam, labién, jambá
tan, tin, can, zambá, balú,
lia, palag, lim, tar, cambú,
Nafim, anga, luan manga,
anzab, tan, tumb, taranga."
Con mimo, ha bloqueado
ese resonante artilugio.
En el bolso ha guardado,
en un relicario de tela,
el amuleto encantado.
Y nada más que decir...
porque había terminado;
mirándome, graciosa
y, supongo, divertida,
mi cara de despistado.
Por eso, me he mostrado
ya un poco descarado;
observándole el rostro:
la curva de sus mejillas
y el alto cuello adornado.
Cristal muy bien tallado
en cuentas maravillosas,
colgaban sobre su pecho
cubierto por un blusón
muy florido y ribeteado.
Se bajaba en la siguiente.
Al final se ha levantado
para apearse del autobús
que ya casi había parado
para descargar a la gente.
Por el caprichoso azar,
las cosas duran muy poco.
Y he constatado, al pasar,
que todos parecían locos
sin recatarse en el silbar.
Era muy bonita y esbelta;
con ese tipo de cuerpo
de corte proporcionado,
y la silueta tan plástica
que asemejaba ebonita.
Es que hay que disfrutar
de un obsequio tan raro,
cuando se puede admirar,
tal si fuera una bella joya,
un pompón tan destacado.
¿La figura?... De una diosa
de exotismo estatuario.
Alta, como una modelo,
desde sus zapatos blancos
hasta el moño de su pelo.
La cintura muy estilizada:
un junco duro y elástico
nacido en frondosa selva;
de exótico tono moreno,
tallado en un puro ébano.
Su rostro, serio y altivo.
ignoraba a los presentes,
Y sus caderas... ¡cielos!
eran como un tiovivo
en el que gozar, rientes.
Lo que destacaba, además
de su blancura de dientes,
y su semblante iluminado,
eran los aros-pendientes
de sus orejitas colgados.
Luego, ella se ha alejado;
y yo, como un penitente,
casi, casi, le he rezado
a esa diosa del Oriente,
que me ha emocionado.
Así, que me he atrevido
a relatar mi experiencia
en este campo trillado,
abusando de la paciencia
de quien lo ha solicitado.
Y el que lo haya copiado
que me lo pase, prudente,
porque este escribiente,
distraído, se ha olvidado
de guardar lo improvisado.
Rimbaud
sentado en el autobús,
a una Reinona Negra
reposando en su trono
de verde viejo y dorado.
Simulando ser elegante,
he tenido que admirar,
pareciendo despistado,
sus oscuros, profundos
y grandes ojos rasgados.
El pelo llevaba peinado
en un cestillo enhebrado,
que dejaba ver la piel
entre mil surcos, cruzados,
naciéndole de la frente.
Bello marfil, conservado
en una roja caja oscura
y repleta de sonrisas,
tras sus labios de rubíes
de perfiles remarcados.
Y sus labios abultados,
los senos comprimidos
por un corpiño apretado,
y en la cintura ceñido
por un vaquero azulado.
Se le veía el ombligo;
ese redondo epicentro
de un terreno privado
en el que, aventurero,
quisiera haber indagado.
Ideando un buen móvil
para su crimen sonoro,
con el rostro iluminado,
en busca de su tesoro
en el bolso ha rebuscado.
Con largas uñas de gata,
pintadas de clara plata,
los números ha pulsado.
Al terminar de marcar,
pronto le han contestado.
Sin pretenderlo evitar,
aunque mi oído sea malo
para lenguas sincopadas,
así han sido las palabras
que he logrado descifrar:
"Tan, biam, labién, jambá
tan, tin, can, zambá, balú,
lia, palag, lim, tar, cambú,
Nafim, anga, luan manga,
anzab, tan, tumb, taranga."
Con mimo, ha bloqueado
ese resonante artilugio.
En el bolso ha guardado,
en un relicario de tela,
el amuleto encantado.
Y nada más que decir...
porque había terminado;
mirándome, graciosa
y, supongo, divertida,
mi cara de despistado.
Por eso, me he mostrado
ya un poco descarado;
observándole el rostro:
la curva de sus mejillas
y el alto cuello adornado.
Cristal muy bien tallado
en cuentas maravillosas,
colgaban sobre su pecho
cubierto por un blusón
muy florido y ribeteado.
Se bajaba en la siguiente.
Al final se ha levantado
para apearse del autobús
que ya casi había parado
para descargar a la gente.
Por el caprichoso azar,
las cosas duran muy poco.
Y he constatado, al pasar,
que todos parecían locos
sin recatarse en el silbar.
Era muy bonita y esbelta;
con ese tipo de cuerpo
de corte proporcionado,
y la silueta tan plástica
que asemejaba ebonita.
Es que hay que disfrutar
de un obsequio tan raro,
cuando se puede admirar,
tal si fuera una bella joya,
un pompón tan destacado.
¿La figura?... De una diosa
de exotismo estatuario.
Alta, como una modelo,
desde sus zapatos blancos
hasta el moño de su pelo.
La cintura muy estilizada:
un junco duro y elástico
nacido en frondosa selva;
de exótico tono moreno,
tallado en un puro ébano.
Su rostro, serio y altivo.
ignoraba a los presentes,
Y sus caderas... ¡cielos!
eran como un tiovivo
en el que gozar, rientes.
Lo que destacaba, además
de su blancura de dientes,
y su semblante iluminado,
eran los aros-pendientes
de sus orejitas colgados.
Luego, ella se ha alejado;
y yo, como un penitente,
casi, casi, le he rezado
a esa diosa del Oriente,
que me ha emocionado.
Así, que me he atrevido
a relatar mi experiencia
en este campo trillado,
abusando de la paciencia
de quien lo ha solicitado.
Y el que lo haya copiado
que me lo pase, prudente,
porque este escribiente,
distraído, se ha olvidado
de guardar lo improvisado.
Rimbaud
