CAFÉ DULCE
El sol dejó un tinte dorado sobre la última lágrima, fresca, de la lluvia.
El surco, sediento, bosteza de calor.
Cayó la inocente rosa, segada por el hacha indiferente del verdugo.
Una flor marchita quedó prendida junto al monte terso de su carne. Había viajado, antes, desde un secreto valle oscuro hasta las dulces montañas de sus senos, vivaces y tersos.
Muerta y fría, no la harán revivir los bruscos latidos de otra sangre.
Cae el hombre de perfil de sombra solitaria, llevándose a cuestas siglos de miradas a lo lejos. Trozos de cristal opaco, que se funden al fuego desmayado e intransigente de la tarde.
El brillo de la luz forja la ilusión de la existencia. Un febril deseo anida junto al quedo suspirar de los zarzales. El viento gris, encapa la distancia, mientras el silencio es compañero triste en el largo recorrer de mi camino.
CAFÉ CALIENTE
Su cuerpo es nacarado, de rosa enfebrecida; cálida, y tan turgente como frondoso y recogido refugio.
Ruda, la carne golpea y vence a la otra carne. La agita, bambolea e insiste en un repetido gemido: golpea, golpea y golpea...
La carne ansiosa se hace cuña y penetro, pulsante, en ella. Sus manos rodean mi perfil prisionero y, en su amor, vacío el mío.
El grito del placer y de la entrega surge de la boca de un animal bien herido. La risa y el dolor así se mezclan, estallando en el choque húmedo de los cuerpos.
CAFÉ CANTANTE
Los negros brazos del pianista extraen veloces notas y rasgos sonoros, del pentagrama.
El cantante tiene la mirada ansiosa, el pecho contenido y una arrogancia firmemente sujeta por una corbata blanca sobre el robusto cuello erguido. Su laringe se abre, distendida, para lanzar un exultante agudo, ... impresionante.
Una vocal de apoyo, una “o”redonda y grutural, nos sume en un barranco de sonido y, luego, el grito impostado que llega a dominar lo absoluto, quebrando el silencio sepulcral de la atmósfera, y vibrando en el aire estremecido.
Respira profundamente la gran Diva. Sus senos se inflaman, ampulosos, para emitir las altas notas y agudos, que alcanzan el barroco techo de la estancia volando ciegos, como pájaros liberados de su jaula.
Gruesa y rotunda como una oscura fruta madura, la humana caja de resonancia musical, gorjea sus estudiados lamentos. Bien como una flauta, o luego como su eco; replicando al grave discurso cantado del barítono con despreocupada volubilidad.
El guiño, inquieto y trashumante, de los focos tiñe las bambalinas: ora de un verde amarillo, o de un rojo escarlata, según el efecto a conseguir en el iluminado escenario.
Unas cuantas flores, desparramadas por una mano generosa y hábil, reciben también los aplausos dedicados a los artistas. Tienen estas flores, en sus coloración, los reflejos inventados de otras luces nuevas.
Recogidas con mimo, hunden sus tallos en el agua cristalina de un jarrón. Luego, todo el conjunto rebrilla, con una luminiscencia extraña y opalina.
Mientras los artistas se inclinan, agradecidos, un piano, aporreado con habilidosa brusquedad, martillea una cascada de arpegios sostenidos.
Rimbaud