¡QUE RABIA ME DA! (Rimbaud - Febrero - 2007)
¡Qué rabia me da!
Te muerdes los dedos de los pies
comenzando a devorarte por abajo,
a bocaditos de pez de boca inquieta,
que reclaman una gran capacidad
para recogerte sobre ti misma,
buscando dar, con cierta agitación,
una urgente dentellada a la esencia
de tu nívea carne, mojada y abierta.
Y mientras estás así, retorcida,
llevando a cabo tu auto consunción,
enredas tus propios cobertores
y apenas eres consciente, siquiera,
de que estás liada en una sabana
blanca, embrollada, vacía de ideas
que apenas puede cubrir tu desabrigo
en el blando nido de tus amores.
Tienes que dejar de besarte a ti misma;
abandonar esa antropofagia viciosa
de tragarte, sin sentido, penas agudas,
sorbiendo los humores compulsivos
de antiguas magulladuras lacerantes.
Ariadna del hoy, deslía el nudo de los hilos
que detienen y encarcelan movimientos y
deshazte de solitarias y yermas blancuras.
Desafíate a volar, ágil, sobre tus recuerdos
abandonados, fundidos con la yerba gris
donde ya se han embebido para nunca
formando, sin duda, fértil nutriente,
caldo nuevo, cultivo germinal de vida.
No vuelvas sobre la senda del olvido
ni busques huellas de pasos indolentes
sobre los caminos de barro endurecido.
Olvida el brillo de miradas ya tan lejanas
que llegan como la luz desde una estrella,
abriéndose un lugar en vacíos universales,
vibrando en la noche del hoy para mañana,
donde siempre guardamos los sentimientos.
Pasan, cerca de nosotros, cometas desgajados
del núcleo estelar, flameantes soles marchitos,
dejándonos rastros luminosos y brillantes.
Fuegos fatuos del artificio fiel de la memoria,
banalidades ilusorias, polvo último de luceros
que forman oscuros lechos de mares dormidos
en la profundidad ignota del vivir inconsciente.
Son, nuestros recuerdos, afiladas e hirientes
navajas que platean en las noches de duelo,
rasgando el velo sedoso de nuestra serenidad,
quebrando a gritos la paz preñada de olvidos.
Necesito verte surgir desde el turbio lago,
emergiendo del agua tu cuerpo de ondina.
Sirena, vestal, juglar, cantora oferente
de odas para antiguos y lascivos dioses.
Pasa la lengua por tus labios de flor reseca,
ensaliva de nuevo tu boca con placeres
y vuelve a sonreír en el espejo antiguo
que refleja imágenes de pasión ardiente.
Vuelve a tomar el calendario del zodíaco
y manda que el inquieto y veloz sagitario
lance una flecha envuelta con tu anhelo
a los signos fundidos de tus ascendientes,
a ese Olimpo habitado por extraños seres
que gobiernan astrológicamente el destino.
Ordénales que separen de ti esta premura
por descubrir cual es el sendero de tu cielo.
Detente a contemplar de frente el engaño
del oasis vibrante, tembloroso y figurado,
que llega hacia ti entre vapores de ensueño.
Hoy navegas sobre tu nave del desierto
quemándote la asfixia de tardes abrasantes,
Sí, ese paraíso dibujado en el azul, existe
en el trozo lejano de paisaje imaginado
en el que tu esencia libre no tiene dueño.
Esa es la realidad que te acomete ¿verdad?
Habitamos un espacio de frías ambigüedades
y, aunque vistamos de libertad la soledad,
en las noches de luna, aullamos de deseo
acariciando ambientes hoy vacíos y añorados.
Porque cada cual es un esclavo voluntario
de quien teje, con trama colorida, hechizos
formulados con débiles promesas de eternidad.
¡Qué rabia me da!
Rimbaud
Te muerdes los dedos de los pies
comenzando a devorarte por abajo,
a bocaditos de pez de boca inquieta,
que reclaman una gran capacidad
para recogerte sobre ti misma,
buscando dar, con cierta agitación,
una urgente dentellada a la esencia
de tu nívea carne, mojada y abierta.
Y mientras estás así, retorcida,
llevando a cabo tu auto consunción,
enredas tus propios cobertores
y apenas eres consciente, siquiera,
de que estás liada en una sabana
blanca, embrollada, vacía de ideas
que apenas puede cubrir tu desabrigo
en el blando nido de tus amores.
Tienes que dejar de besarte a ti misma;
abandonar esa antropofagia viciosa
de tragarte, sin sentido, penas agudas,
sorbiendo los humores compulsivos
de antiguas magulladuras lacerantes.
Ariadna del hoy, deslía el nudo de los hilos
que detienen y encarcelan movimientos y
deshazte de solitarias y yermas blancuras.
Desafíate a volar, ágil, sobre tus recuerdos
abandonados, fundidos con la yerba gris
donde ya se han embebido para nunca
formando, sin duda, fértil nutriente,
caldo nuevo, cultivo germinal de vida.
No vuelvas sobre la senda del olvido
ni busques huellas de pasos indolentes
sobre los caminos de barro endurecido.
Olvida el brillo de miradas ya tan lejanas
que llegan como la luz desde una estrella,
abriéndose un lugar en vacíos universales,
vibrando en la noche del hoy para mañana,
donde siempre guardamos los sentimientos.
Pasan, cerca de nosotros, cometas desgajados
del núcleo estelar, flameantes soles marchitos,
dejándonos rastros luminosos y brillantes.
Fuegos fatuos del artificio fiel de la memoria,
banalidades ilusorias, polvo último de luceros
que forman oscuros lechos de mares dormidos
en la profundidad ignota del vivir inconsciente.
Son, nuestros recuerdos, afiladas e hirientes
navajas que platean en las noches de duelo,
rasgando el velo sedoso de nuestra serenidad,
quebrando a gritos la paz preñada de olvidos.
Necesito verte surgir desde el turbio lago,
emergiendo del agua tu cuerpo de ondina.
Sirena, vestal, juglar, cantora oferente
de odas para antiguos y lascivos dioses.
Pasa la lengua por tus labios de flor reseca,
ensaliva de nuevo tu boca con placeres
y vuelve a sonreír en el espejo antiguo
que refleja imágenes de pasión ardiente.
Vuelve a tomar el calendario del zodíaco
y manda que el inquieto y veloz sagitario
lance una flecha envuelta con tu anhelo
a los signos fundidos de tus ascendientes,
a ese Olimpo habitado por extraños seres
que gobiernan astrológicamente el destino.
Ordénales que separen de ti esta premura
por descubrir cual es el sendero de tu cielo.
Detente a contemplar de frente el engaño
del oasis vibrante, tembloroso y figurado,
que llega hacia ti entre vapores de ensueño.
Hoy navegas sobre tu nave del desierto
quemándote la asfixia de tardes abrasantes,
Sí, ese paraíso dibujado en el azul, existe
en el trozo lejano de paisaje imaginado
en el que tu esencia libre no tiene dueño.
Esa es la realidad que te acomete ¿verdad?
Habitamos un espacio de frías ambigüedades
y, aunque vistamos de libertad la soledad,
en las noches de luna, aullamos de deseo
acariciando ambientes hoy vacíos y añorados.
Porque cada cual es un esclavo voluntario
de quien teje, con trama colorida, hechizos
formulados con débiles promesas de eternidad.
¡Qué rabia me da!
Rimbaud
