GENU-REFLEXION ( Rimbaud 08.11.06)
En vano aguardáis ansiosos, buitres rapaces, cuervos malditos,
que me fulminen los rayos de vuestro cruel dios de las alturas,
para recoger, después, mi cuerpo inane, inerte y desmembrado
y darle, entre cirios y salmodias petulantes, cristiana sepultura.
No creo en vuestros ampulosos, graves e hiperbólicos ritos,
ni en cilicios, de áspera crudeza, que nos opriman las cinturas,
en el sacrificio mortificador de penitentes cuerpos lacerados,
ni que tenga que ganarme alguna otra morada con torturas.
No os esforcéis, esbirros fetichistas, en afiliarme a esos mitos
de poderes ocultos, afirmando creer en misterios sin cordura.
Estoy harto de ver como rasgáis negros sayones, amargados,
por la predicción de Apocalipsis, que cualquier iluso augura.
De reglas austeras; de mujeres yermas, monjes y san Benitos;
de cruzadas por la fe; excomuniones, desvaríos y chaladura
con olor a redención justificada por los cadáveres ahumados
en la pira abrasadora, parrilla de fuego cruel, que nos depura.
Me hace gracia escucharos repetir, sin pudor alguno, ese refrito
de sermones admonitorios, de lesa culpabilidad y peor ventura;
recitados oficios de dulzón sahumerio, con resinas inciensados
y hechizos jaculados sin cesar por hórridas monjas de clausura.
Para decir la verdad, puedo confesar que me importa un pito
tanto buscador de santidad, sacristán pasional o aprendiz de cura,
inquisidor, por vocación, de los humanos inocentes, sometidos
al poder del terror, purgante e infernal, que suplanta a la ternura.
De nacer y vivir, de disfrutar y reír, no puedo asumir el delito
que me predestinó, por inapelable ley de sanción, y de natura,
a figurar en el incontable grupo de los forzadamente condenados
a ejercer, contra su voluntad primera de gozar, feroz censura.
Me lo he dicho mil veces y otras tantas mil y una veces lo repito,
aunque, por dentro, en el alma contrita, sienta aún la mordedura
de la serpiente astuta, mensajera que ofreció el fruto envenenado
a la ingenua Eva, y a su Adán, arrojados al dolor y a la amargura.
Si era el pretendido Dios, justo, infalible y recto maestro infinito,
con inacabable poder de preservar sus almas en la inocencia pura,
¿cómo creó el mal, ese monstruo como demonio letal conformado,
dándole grácil apariencia, de reptil artero y tentador, a su figura?
Por lo tanto lo que, con denominación de original, marcó un hito,
significando, en la historia imaginada del sagrado ser, una ruptura
desde la cual, todo lo humano y carnalmente terrenal, sería pecado
y, con bautismo, debía limpiarse el espíritu neonato de la criatura.
No es que se pueda considerar, impropiamente, según yo medito,
al ser racional como causante voluntario de su propia desmesura,
ya que fue, en el inicio, por su propio creador tan condicionado
para servirle como animal de compañía, o a elegir otra andadura.
A quien quiera analizar este tema hasta el extremo, yo le invito,
porque presumo y considero que somos fruto de una travesura;
un experimento de genética global, atrevidamente improvisado,
sobre una conjunción al azar de elementos naturales y aventura.
Bajo altas cúpulas de amplios arquitrabes, reunidos en gran séquito
portando coronas de oropel y rojos birretes de cartón, los caraduras,
leen en latín florido, entonando en gangoso gregoriano, mal cantado,
versículos enigmáticos de un mágico libro que auspicia sagas futuras.
Ya comprenderéis que toda discusión, por inútil, sensatamente evito;
porque, en esto de la fe, y del inevitable pensar, cada cual procura
arrimarse a aquello que, egoístamente , convenga a su interés creado;
y es más posible que, soberbio, niegue la mayor a la evidencia dura.
Es quizá, por rechazo a lo aprendido, que con palabras me desquito
buscando apoyo en la lógica analítica y razón cierta, en su mesura.
Todo lo que, durante estos años de duda, mi paciencia ha soportado
hoy, con alegre desprecio y gran contento, lo he arrojado a la basura.
Si algo quiero conservar en mí es la visión, que aún no ha prescrito,
de la figura, gigante y atormentada, mirándome desde su estatura,
suspendido del madero, en esa cruz donde aún continúa clavado,
porque suelo percibir en él un comprensivo y fugaz gesto de ternura.
A ese hombre me abrazo y, con solo verle sufrir, dentro me agito
en un querer interno y necesidad de poder acercarme a su dulzura.
No entiendo por qué permanece ahí, perpetuamente crucificado,
si su piadosa madre y el discipulo amado, le descolgaron con premura.
A sus pies, lacerados por el implacable hierro que consumó el delito,
se levantan aras, de hermosas piedras labradas con sutil trazadura;
donde se fragua el secreto de un misterioso ceremonial; elaborando
del grato vino: roja sangre y carne en obleas, del pan de tierna albura.
Hubo un tiempo en que, del llamado manjar celestial, estuve ahíto;
ya que, sin alimentar mi espíritu, solía hacerme llorar de amargura.
Nunca, en mi exigente conciencia, me sentía totalmente depurado
ni digno de entregarme en comunión anímica al festín de su cultura.
De santeros visionarios, estigmatizados y otros profetas, no repito
lo que, en el afán de saberlo todo, mi modesto comprender satura.
Lo que, con tanta dedicación leí en tiempos, debiera haberlo olvidado
y me hubiera ido mejor si, sensato, quizá, hubiera evitado su lectura.
Los momentos de recordar cualquier tristeza y odio han prescrito.
Son un simple vistazo atrás, para despojarme presto de la envoltura
con la que mi imaginación incontrolada se habia, torpe, disfrazado,
forjando un temperamento extraño, oscuro, triste y sin compostura.
¿A favor de quien y para quién ahora mi cuidado y afecto remito?
Solo para querer a aquel que, discretamente, mi amistad procura;
para no obligar ni demandar de nadie ningún penoso condicionado,
concediéndonos a todos libertad para correspondernos, sin hartura.
Al sentido discreto de la amistad más fiel yo, cumplido, pago débito,
porque tengo la ambición de no reclamar al prójimo encadenadura
de costumbre ni siquiera tolerar, por rutina, la de sentirme obligado
a compañía incómoda, o sonrisa hueca, ni aplauso de banal tesitura.
Y aún más os diré, porque en el hablar de mis cosas a nadie imito,
y, a quien quiera oírme, tranquilo se lo he de explicar, por añadidura.
De la libertad, por el simple desearla, siempre he sido abanderado
haciendo de ella empleo que adorna siempre mi sencilla literatura.
Por esta libertad que tanto he ansiado disfrutar en todo su ámbito,
hoy he salido de la celda mental en que me encerré con apretura.
Dejo el valle de Josafat, por el que, hasta el hoy, infeliz he vagado
y permito crecer mis cabellos blancos, largos, sueltos y sin tonsura.
De la prisión de la sin razón y del capricho, me nombro emérito
y, puestos a pensar, pensaré en cómo pudo comenzar la singladura
para la que la ciencia ha resuelto un origen posible y sancionado:
Todo, a su decir fue, en principio, una masa total y sin fractura.
Energía informe, densa, aunada en modo incapaz de ser descrito
que, en un tiempo del que no puede concretarse aún su coyuntura,
alcanzó el límite de continuar nuclear y atómicamente aprisionado
rompiéndose en innumerables porciones, luminarias y negrura.
Pero basta. Lo que es sabido por publicado y conocido no repito.
Iré al grano. Lo que veo es crecimiento sin límite posible ni atadura.
Por lo tanto, si en ésta Tierra el universo es paralelamente imitado,
las mismas leyes de expansión y eternidad, serán su contextura.
La fuerza de la energía, que es la vida , que se resume en lo exquisito,
inunda al mundo con caudal incontenible, que arrastra a toda criatura;
imparable en su existir temporal, cumpliendo algún fin hoy ignorado,
pero dentro de un sistema, modelo inexorable, sin posible quebradura.
Si me es dado argumentar, dentro de mi evidente entendimiento finito,
debemos desechar toda lucha infructuosa, que nos mueva a la locura.
Es decir, sigamos viviendo sumergidos en el flujo de poder, ilimitado,
que pulsa en sí, latiendo en cada átomo y masa celular de la estructura.
Como nos dejamos flotar en el agua placentera de un océano insólito,
abandonándonos a la corriente de un líquido de deliciosa temperatura,
así debiéramos dejarnos existir en el vientre universal, seno preñado
de nutrientes amnióticos, materializándonos en continua encarnadura.
Al acto de terminar, lo que representa el sumario de un nacer incógnito,
no debieramos de temer; será añadir tan solo un paso más en la andadura
necesaria para extender alguno de los caminos, hace milenios iniciado,
dando punto final a una línea de expansión de esta compleja arquitectura.
Ahora, si puedo obtener de vuestra comprensión el favor y beneplácito,
quisiera abandonar toda especulación sobre ésta mi debatida asignatura.
Aunque no sé definir qué extraña vibración mi mente ha conmocionado,
es preciso afirmar que la emoción da, al humano pensar, gran hermosura.
Rimbaud
