SAN SILVESTRE (Rimbaud - Enero - 2007)
Amanece la ciudad
con el camisón de niebla
de una desnuda mañana.
La luz, embajadora del sol,
aparece, de rondón,
filtrada por la ventana.
El cuerpo, inquieto y cansado,
da una y cien vueltas más
sobre el calor de la cama.
Mis ojos están, ya, abiertos
antes de que vean nada,
escrutando la penumbra.
La mano tiende al vacío
su garra desconcertada,
tanteando, como siempre.
Al fin, encuentra su presa,
la esfera luminiscente
de ese medidor de noches.
Son las siete... ¡Sorprendente!
Hace tres horas, tan solo,
puse mi mente a dormir.
Y me levanto, tan torpe.
Y camino, vacilante,
somnoliento y murmurante.
El agua que corre.
Un cristal que choca.
La puerta que rechina.
Atravieso la cocina,
sin molestarme en usarla,
camino de la salida.
Estoy fuera de la casa
y la calle, a las ocho,
se me antoja muy vacía.
El coche parte, veloz,
en dirección al olvido.
Siete vueltas y una más.
Buscando dónde aparcar,
mientras saludo a un amigo.
¡Espera un poco! – le digo.
¡Feliz año... y un abrazo!
¡Eso mismo te deseo!...
¿En qué estaré yo pensando?
El reloj de un edificio
da nueve horas, resonando
el carillón del recuerdo.
Miro el reloj, a mi vez,
por ver si está adelantado,
justo, retrasado o destrozado.
¡Vaya, si que es curioso! ...
Marca las nueve y cinco.
Es un reloj despistado.
Voy, caminando sin rumbo,
con el gesto serio y crispado,
de un eterno preocupado.
El paso rápido, vivaz,
como siempre lo he tenido,
repicando en el asfalto.
Y... ¿qué hago ahora?
No lo sé.
Voy a tomarme un café.
Pienso en hacer un regalo.
No sé lo que compraría.
No es mi estilo ser Rey Mago.
Entro en la librería.
¿Desea algo el señor?
No. Solo quiero mirar.
¿Un autor determinado?
Yo se lo puedo mostrar...
¿Quizá sudamericano?
Benedetti... Benedetti ...
Le digo, por terminar.
Me ha ganado por la mano.
Al fondo, tercera hilera...
Si es que no llega, señor,
aquí tiene una escalera.
Y reviso los estantes
repletos de pensamientos,
memorias, historias y cuentos.
¿Algo de Márquez, quizá?...
¿”Cien años de Soledad”?
Son muchos años, lo siento.
¿Algo de Julio Cortazar?
¿”Rayuela”?... (Aquí era “Truquemé”,
el juego de mi niñez).
Tengo de nuevo, en las manos,
el libro que me prestaron
con un poema escondido.
Este, ya no es tan querido.
es una “Tregua” distinta;
solo huele a oscura tinta.
No al perfume de luna
que quedó profundo y suave
al rozarlo con la pluma.
Paso de un libro a otro,
leyendo, atento, el índice,
presentación y portada.
Los repaso de una vez
buscando con avidez,
y no me quedo con nada.
¿Qué es lo que leería?
¿Le gustará la novela?
¡Solo pienso en tonterías!...
Te has gastado la herencia
y aunque sea solo dinero,
me da cargo de conciencia.
Del insigne Mastropiero
(el disco de Les Luthiers),
multiplicadas por tres.
Salgo de la librería,
pero no he comprado nada.
(Eso ya me lo esperaba).
Tiene otro color, el día,
ya más claro y definido.
Todo mi cuerpo es latido.
Me consume la impaciencia
¡Dios!
¡Cómo me duele tu ausencia!...
Quisiera tener a mano,
láudano, romero y clavo
para curar esta herida.
En mi derredor, la vida
bulle cada vez más fuerte.
Siento la necesidad de verte.
Y me entretengo mirando,
así, sin tener nada que hacer,
hasta casi oscurecer.
¡Ultimo día del año!
¡Ultimo día! ...
Como un billete, de lotería.
Rimbaud
con el camisón de niebla
de una desnuda mañana.
La luz, embajadora del sol,
aparece, de rondón,
filtrada por la ventana.
El cuerpo, inquieto y cansado,
da una y cien vueltas más
sobre el calor de la cama.
Mis ojos están, ya, abiertos
antes de que vean nada,
escrutando la penumbra.
La mano tiende al vacío
su garra desconcertada,
tanteando, como siempre.
Al fin, encuentra su presa,
la esfera luminiscente
de ese medidor de noches.
Son las siete... ¡Sorprendente!
Hace tres horas, tan solo,
puse mi mente a dormir.
Y me levanto, tan torpe.
Y camino, vacilante,
somnoliento y murmurante.
El agua que corre.
Un cristal que choca.
La puerta que rechina.
Atravieso la cocina,
sin molestarme en usarla,
camino de la salida.
Estoy fuera de la casa
y la calle, a las ocho,
se me antoja muy vacía.
El coche parte, veloz,
en dirección al olvido.
Siete vueltas y una más.
Buscando dónde aparcar,
mientras saludo a un amigo.
¡Espera un poco! – le digo.
¡Feliz año... y un abrazo!
¡Eso mismo te deseo!...
¿En qué estaré yo pensando?
El reloj de un edificio
da nueve horas, resonando
el carillón del recuerdo.
Miro el reloj, a mi vez,
por ver si está adelantado,
justo, retrasado o destrozado.
¡Vaya, si que es curioso! ...
Marca las nueve y cinco.
Es un reloj despistado.
Voy, caminando sin rumbo,
con el gesto serio y crispado,
de un eterno preocupado.
El paso rápido, vivaz,
como siempre lo he tenido,
repicando en el asfalto.
Y... ¿qué hago ahora?
No lo sé.
Voy a tomarme un café.
Pienso en hacer un regalo.
No sé lo que compraría.
No es mi estilo ser Rey Mago.
Entro en la librería.
¿Desea algo el señor?
No. Solo quiero mirar.
¿Un autor determinado?
Yo se lo puedo mostrar...
¿Quizá sudamericano?
Benedetti... Benedetti ...
Le digo, por terminar.
Me ha ganado por la mano.
Al fondo, tercera hilera...
Si es que no llega, señor,
aquí tiene una escalera.
Y reviso los estantes
repletos de pensamientos,
memorias, historias y cuentos.
¿Algo de Márquez, quizá?...
¿”Cien años de Soledad”?
Son muchos años, lo siento.
¿Algo de Julio Cortazar?
¿”Rayuela”?... (Aquí era “Truquemé”,
el juego de mi niñez).
Tengo de nuevo, en las manos,
el libro que me prestaron
con un poema escondido.
Este, ya no es tan querido.
es una “Tregua” distinta;
solo huele a oscura tinta.
No al perfume de luna
que quedó profundo y suave
al rozarlo con la pluma.
Paso de un libro a otro,
leyendo, atento, el índice,
presentación y portada.
Los repaso de una vez
buscando con avidez,
y no me quedo con nada.
¿Qué es lo que leería?
¿Le gustará la novela?
¡Solo pienso en tonterías!...
Te has gastado la herencia
y aunque sea solo dinero,
me da cargo de conciencia.
Del insigne Mastropiero
(el disco de Les Luthiers),
multiplicadas por tres.
Salgo de la librería,
pero no he comprado nada.
(Eso ya me lo esperaba).
Tiene otro color, el día,
ya más claro y definido.
Todo mi cuerpo es latido.
Me consume la impaciencia
¡Dios!
¡Cómo me duele tu ausencia!...
Quisiera tener a mano,
láudano, romero y clavo
para curar esta herida.
En mi derredor, la vida
bulle cada vez más fuerte.
Siento la necesidad de verte.
Y me entretengo mirando,
así, sin tener nada que hacer,
hasta casi oscurecer.
¡Ultimo día del año!
¡Ultimo día! ...
Como un billete, de lotería.
Rimbaud

1 Comments:
Aqui , la rayuela se llamaba tejo y colache.
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