PALABRA DE HONOR (Rimbaud - Enero - 2007)
No me atrevería a contarte, y por este frío medio, mejor nunca,
y, menos aún, teniendo por medio estas inabarcables distancias
donde cualquier intención de acercamiento es muy insuficiente;
relación de los veniales pecados de los que, por ti, soy penitente.
De modo que todavía me gustaría perseveraras en la ignorancia;
un desconocimiento privado y reciproco que tu confianza trunca.
Pero, claro es que, cuando otros piensan en ti, los oídos zumban
provocando curiosidad sensata, una regla de natural observancia.
No obstante, de tu sano espíritu yo pretendo la dádiva clemente
de que sostengas tu pensamiento en una suave actitud paciente,
aunque sea imposible que el mutuo interés no proteja su latencia
con breves coloquios y cavilaciones, que nuestra intención apunta.
Tienes razón al comentar que hay algo intuido que nos conjunta
y, aunque intentemos renunciar a ello, con fingida vehemencia,
el ánimo empuja a decidir caminar, e ir tirando hacia adelante,
porque la idea de que nos ocupamos está en la mente, constante,
como un sonoro anuncio publicitario de cautivadora sugerencia
que, aunque se pretenda ignorar, es una música interior y oculta.
Una elevada amistad no es un secreto que a los demás incumba.
A buen fin, debiera promoverse más, con emoción y persistencia
y, al cabo, nuestro humano corazón resulta el pequeño confidente
que, con ingenuidad vital, se emociona con un latir de adolescente
en el temblor aventurado de averiguar de otras flores la fragancia,
y ambiciona escuchar extasiadas voces de amor, en la penumbra.
Naturalmente, todo esto, en verdad, no es para volverse tarumba,
porque cada cual ya se ha venido a acostumbrar a la abstinencia,
y teniendo en cuenta que, por naturaleza, se ha vivido bastante,
los temas de la humana pasión no constituyen demanda urgente.
Por ello, en lógica está plantear la situación con cierta elegancia
buscando anímicas claridades, con preferencia a turbias sombras.
No obstante, a efecto de celebrar la amistad, habrá una alfombra
rojo carmesí, hasta las puertas de un lugar, de discreta prestancia,
donde deseo que tu presencia sea habitual y hospedada residente,
en tanto a tu familiar vivir y a tu costumbre no sea inconveniente
habida cuenta que al pálpito del sentir pondremos justa cadencia
como cualquiera persona de bien pensar y obrar, eso acostumbra.
Si, por azar del vivir y suceder, la luz de otro fuego te deslumbra
y otra dádiva de abrasadora pasión te abrazara en su abundancia,
me mantendré alejado de tu presencia, considerándome consciente
que del dolor a renunciar por amor, hay que aceptar ser sufriente
no tomándose a mal ganar o perder, en una adversa circunstancia.
Es el juego oscilante, rítmico, sinuoso, sutil y natural de la hembra.
De la danza de hechos previsibles, estos son los sones de una zambra
aprendida a trenzar, no digo que con habilidad, pero sí con solvencia,
y con lo mejor de mi sentido común, procuraré cumplir consecuente,
sin dejarme abatir, ni sumirme en penas por un desengaño inclemente.
Que, para romper en llanto, ya la historia nos dio hechos de relevancia
cuando Boabdil, vencido por una mujer, cedió, llorando su Alhambra.
Rimbaud.
