Café Frío.
Como lanzas son las frases que se envían hacia el blanco, una paradoja de oscuro centro.
El aire silba, admirado, el veloz tránsito, con destino incierto, al paso del mástil tembloroso, y de su punta, refulgente, pulida y de acerado brillo.
Rumor del agua que discurre, mansa y tímida, acrisolada de reflejos verdinegros.
Busco en el cielo rasgos de gloria, que están más allá del brillo y de la penumbra.
Al vacío eterno me remito.
Abro la puerta a mi claro deseo, y discurren las palabras que rebotan en negro sobre blanco.
Donde caiga la lanza ira a dormir, entre sangre, la flecha pescadora. Nubes de agudas puntas herirán el vientre fecundo de la madre mar y manará, salada y oscura, el agua de la vida.
Quisiera ver mañana un nuevo sol inquieto, ascender del cielo azul hasta los topes; columpiándose, luego, oscilante, sobre el trapecio verde de aquellos montes, a lo lejos, y olvidarme de los muertos colores del día, por la tarde.
Como mujer que se cambiara de vestido, la tierra se cubrirá con largos velos de sombra, para asistir al funeral del día.
Será, de la noche, la luz pálida de la luna - el astro hermano -, la que esbozará guías furtivas, surcando, con pasos leves, insinuados caminos y bordeando regueros de estrellas conocidas.
Café amargo.
Rugen los monstruos agonizantes de la yerta marea. Lo que es, no tiene historia ni memoria; al destino escupe su ofrenda de sangre y azules, recogida en cuencos, escamados de fulgente plata.
Clama al cielo el sonar del disparo fiero, que destroza todo lo que encuentra a su paso, sea la vida o la ficción, el sueño o la pobreza de sentirse amarrado a subsistir.
Veo un cuerpo empujado hacia el vacío, agarrándose a la vida, desesperado, y por los pelos.
Pienso en todos aquellos arrancados brutalmente de sus desvelos y sumergidos en la negra sangre de la muerte; despojados de la risa, desprovistos de futuro y arrojados a un último arrullo lastimero de su madre.
Como un ritmo que resuena, recurrenteen mi cabeza, niego que haya un bien que llegue montado en el cruel corcel de la violencia, ni de la venganza.
Si pudiera tamizar la vida en un cedazo recogería, como posos, sus miserias y, con gesto poderoso, lanzaría lejos de los hombres sus desgracias.
Sin embargo, no queda fuerza oculta en los nervios de mis brazos. Siento dentro de mí la torpeza del débil y lloro en privados rincones de silencio; y grito en soledades sin eco.
No hay pelea ni lucha solitaria que no espere, triunfadora en el frente de batalla, una gran enseña; la arrogante bandera que ondee, inquieta, sobre el mástil rígido del orgullo.
Café salado.
El verde azul del mar, transparente y frío, extiende su manto inmenso hacia el ocaso. Un sol se sumerge, desnudo y huidizo, entre los velos neblinosos que convierten su última luz en fulgores violetas.
La vela blanca, de navegar eterno, cruza bordeando la bocana del cerrado puerto.
El muelle donde atraca es una masa oscura y cercana. El noray, un punto firme de amarre, hacia donde la estacha vuela y, en su encuentro, se ciñe tensa, en un abrazo prisionero.
Rumorea el agua inquieta, en su chocar contra la pasarela que tiende un puente de tablones hacia la tierra. Cruzan sobre él los marineros, pisando con pasos apresurados, y gime la madera su protesta.
El aire es compañera de juegos de las gaviotas. La sal: olor de costa. Más allá, luces y sombras conforman, con llamaradas oscilantes, un paisaje de linternas que describe los límites de un poblado que se yergue teñido de blanco oscurecido.
Tañen las campanas en la tarde, emergiendo entre una nube de pitidos y sirenas.
Chocan contra las piedras las botas de gruesos cuero. Muchos brazos, robustos y desnudos, llevan en andas el peso de la vida. Sombras fugitivas, amarillas, azules, rojas y negras, se cuelan por las puertas entreabiertas de las casas.
Pronto, muy pronto, el ya desvanecido fanal del día se habrá apagado. La quietud será el lecho del descanso en soledad, o en compañía.
La cena frugal y recia de sabor; el pan muy tierno, y el vino, oscuro como la tinta, la única forma de engullir las penas.
La lumbre, aburrida, se va apagando en el hogar. Con los suspiros que alivian fatigas, van huyendo, también, los pensamientos.
La luna está, hoy también, cansada de brillar. Apenas deja un rastro de claridad sobre mis pasos. Los cantantes del amor, no encontrarán hoy inspiración en su regazo curvo.
He buscado en la noche tu presencia, pero me he despertado aterido. El reloj de agua del tiempo se ha parado donde la última hora ha quedado congelada, dejando una marca aguda.
Mi pasado ha sido de fuego. En su calor intenso quemé mis primeras y recias esperanzas. Tus cartas -las cartas que hoy están con un rojo lazo anudadas-, son simples cenizas de promesas.
La orilla es una cinta blanca recogiendo el desmelenado y rubio arenal de la playa.
Las olas llegan a ella sin motivación. Han dejado todo su vigor en la costa, despedazando sus tronantes esfuerzos en las rocosas agujas de la escollera.
Las breves olas, llegan como niñas recién nacidas, envueltas en cintas, encajes y orlas.
Acristala la arena un fugaz rebrillo de calcitas y cuarzos desmenuzados.
Hundo mis pies en el umbral del agua, que ahueca de soportes mi equilibrio y siento, al mismo tiempo que el frío, una llamada: ese tirón raptante del mar en retirada.
La bruma, empujada por aires sutiles, salina y yodada, revitaliza mi mente que, limpia y ensoñada, alza el vuelo de la imaginación compitiendo con gaviotas agresivas.
Las olas - eternas y malditas olas, tan traídas y llevadas-, depositan frente a nosotros, en la orilla, las ofrendas y juramentos hechos, extrayéndolos de los profundos senos marinos. Luego se van, inexorables, cuando nos los han devuelto, dejando a nuestros desnudos pies, aquellas promesas que olvidamos.
Son las olas de la mar, viajeras fatigadas que reposan un momento en tierra, para huir más lejos, luego.
Esas olas, vivas montañas vagabundas cuyas verdes laderas amenazan, encumbradas de espumarajos y escarchas, móviles y excitadas.
Pero, los cuerpos de las olas moribundas, se sumergen en un funeral de arena estéril, para enterrar sus humedades para siempre.
Rimbaud