MATRÍCULA DE SAN SEBASTIÁN ( Rimbaud - Enero - 2007)
Luz de cal.
Nubes de gasa
densa, en gris amenaza.
El rumor, potente, de las olas,
cabelleras de coral del mar eterno,
imitaban los rumores del averno.
En la playa.
la arena gris
de viento inundada.
Chocaban piedras en la resaca;
nadaban sirenas, jugando entre espumas;
envolvía mi cuerpo, espesa, la bruma.
Charcos.
Espejos líquidos
que rompía, violento, a mi paso.
Yendo hacia el puerto, con premura,
para enfrentarme a un urgente desafío.
Angustiado, el corazón me latía, frío.
Allí,
a pie firme,
al aire me erguí retador,
lleno el ánimo de furor y violencia.
Tensé mi pecho, como un arquero
dispuesto a lanzar venablos fieros.
Nadie había.
Soledad de un ocaso
musitando silencios recogidos.
Un orar privado de anciano monje
que intentaba recordar que aún era hombre
citando, ritual, el nombre de tu nombre.
Así,
ronco, lo grité
con sonido de campana.
El mar se aplacó hasta el susurro
y las aguas se abrieron, como un cáliz
curvando, rendidas, su líquida cerviz.
El seno,
se volvió ánfora
de benditas aguas calmadas,
ofreciéndome el pacto de la paz
que tanto había buscado ansiosamente,
hasta arribar a este lugar, oferente.
¡Calla!
No lo digas...
No quiero que lo sepan.
Tu me entiendes muy bien, y es bastante;
porque el gritar de mi voz estremecida
hizo retemblar tu alma, sorprendida.
Sé
que fue hacia ti,
desde el abismo del tiempo.
Como cae en tierra firme la cometa,
o el rayo deslumbrador cuando te ciega,
encarnando, virginal, al dios que llega.
Mudos,
desmayados de dolor,
mis ojos regresaron de su viaje.
Volvieron mis labios a cerrar su puerta
conteniendo, con un rictus de cuchillo,
los espasmos de una risa de chiquillo.
Quebrado,
roto el misterio,
despacio, fui recogiendo el ara
que acogió el sacrificio de mi ansia.
Y, vacío de aquella fuerza desbordada,
el nivel de mi furor se quedó en nada.
Si, es cierto.
Frente al infinito todo,
escuchando, atentas, las gaviotas,
grité tu hermoso nombre a la distancia,
entre los ecos de una montaña de caracolas,
privado de conciencia, y estando a solas.
Rimbaud
Nubes de gasa
densa, en gris amenaza.
El rumor, potente, de las olas,
cabelleras de coral del mar eterno,
imitaban los rumores del averno.
En la playa.
la arena gris
de viento inundada.
Chocaban piedras en la resaca;
nadaban sirenas, jugando entre espumas;
envolvía mi cuerpo, espesa, la bruma.
Charcos.
Espejos líquidos
que rompía, violento, a mi paso.
Yendo hacia el puerto, con premura,
para enfrentarme a un urgente desafío.
Angustiado, el corazón me latía, frío.
Allí,
a pie firme,
al aire me erguí retador,
lleno el ánimo de furor y violencia.
Tensé mi pecho, como un arquero
dispuesto a lanzar venablos fieros.
Nadie había.
Soledad de un ocaso
musitando silencios recogidos.
Un orar privado de anciano monje
que intentaba recordar que aún era hombre
citando, ritual, el nombre de tu nombre.
Así,
ronco, lo grité
con sonido de campana.
El mar se aplacó hasta el susurro
y las aguas se abrieron, como un cáliz
curvando, rendidas, su líquida cerviz.
El seno,
se volvió ánfora
de benditas aguas calmadas,
ofreciéndome el pacto de la paz
que tanto había buscado ansiosamente,
hasta arribar a este lugar, oferente.
¡Calla!
No lo digas...
No quiero que lo sepan.
Tu me entiendes muy bien, y es bastante;
porque el gritar de mi voz estremecida
hizo retemblar tu alma, sorprendida.
Sé
que fue hacia ti,
desde el abismo del tiempo.
Como cae en tierra firme la cometa,
o el rayo deslumbrador cuando te ciega,
encarnando, virginal, al dios que llega.
Mudos,
desmayados de dolor,
mis ojos regresaron de su viaje.
Volvieron mis labios a cerrar su puerta
conteniendo, con un rictus de cuchillo,
los espasmos de una risa de chiquillo.
Quebrado,
roto el misterio,
despacio, fui recogiendo el ara
que acogió el sacrificio de mi ansia.
Y, vacío de aquella fuerza desbordada,
el nivel de mi furor se quedó en nada.
Si, es cierto.
Frente al infinito todo,
escuchando, atentas, las gaviotas,
grité tu hermoso nombre a la distancia,
entre los ecos de una montaña de caracolas,
privado de conciencia, y estando a solas.
Rimbaud

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