OPERETA (Rimbaud 17.12.06)
Anoche estuve, solo, en un teatro.
Por mi afición admitido, vi el ensayo
de una opereta, resumida en un legajo
de versos, encuadernado con cintajos.
El feliz hallazgo de un leído leguleyo
aficionado a las tablas y al destajo,
rebuscando en bibliotecas de despajo,
los restos esforzados de un plebeyo,
cuya obra no recuerdan ya ni cuatro.
Casi ausente de público, el anfiteatro,
con profundo respeto, yo me callo.
Silenciado mi parlanchín murmujo
en una butaca de patio me arrebujo
para atender, de la obra, el ensayo.
Mientras, mi excitada mente estrujo
por sacar del conjunto algún dibujo,
y trazo esquemas, esbozos sin fallo,
de la escena y los actores del reparto.
Ángel de buen amar, era la soprano,
de tonos agudos y timbrados gallos,
que emitía las filigranas y altibajos.
como ecos de una sirena sin refajos,
difundidos con un claro matiz bello.
Pícara mujer, con guiños en sus ojos,
imitando los trinos de los pájaros,
acariciaba, sugerente, su cabello,
seduciendo, invitante, con su mano.
Complicado entonar el de la contralto.
Una señora otoñal, de tieso orgullo,
que quería excitar -ingenuo trabajo-,
a un joven galán de altivo desparpajo,
sin saber que, en realidad, era hijo suyo.
Ignorada y muy dolida por el rechazo,
percibe la negativa como un mazazo.
Despechada, se armó un gran barullo
y clamó venganza, con voz de basalto.
Sublime era la figura del tenor;
un cantor con alta voz de rayo,
y el sublime recitar de un majo;
por su agudo dolor, muy cabizbajo
a causa del sufrir y del desmayo.
Del poderoso pecho, un desgajo
emite brioso y, mostrando cuajo,
besa a la ingenua dama de soslayo,
revelando lo ilusorio de su amor.
¡Qué fatal es el papel del barítono!
Bien parece la verdad de Perogrullo
que le toque siempre hacer de pingajo;
de la trama teatral, el recurrido zancajo
que soporta de la diva el sutil maúllo,
y le toca pelearse, siempre dando tajo,
con la furia tenebrosa de un marrajo.
Fiel mediador, deslió el chanchullo,
por la astuta dama, hilado con encono.
Tronante eco cavernario el del bajo;
escuché el resonar de su bandullo,
sufriendo el disfraz de mal andrajo
en papeles de traidor y de burrajo.
Inflamando las venas de su cuello
emitió rugientes tonos de agasajo.
Ofrecía pócima fatal, un bebistrajo,
que convierte el deseo en un arrullo;
para la pasión colmar, urdir atajo.
Del complejo transcurrir del drama
durante dos horas, y sin resuello,
observé el devenir de los sucesos,
mezclando los desamores con besos
alternados con arias de voz en cuello.
Verdad es que el tema era muy feo.
Ni el canto angelical del poeta Orfeo,
rogando el placer de algún destello,
hubiera podido salvar la mala trama.
Pero, bien, no hay razón para la queja
ni crítica, al que jamás ganó de ello.
No pudiendo hacer bueno su esfuerzo
ni debo tachar al autor de nastuerzo,
por no poderse salvar del descabello.
-Pienso que ya fue sobrado almuerzo
acabar sólo la labor, sin más refuerzo,
rubricando, manuscrito, firma y sello-;
de quien, complacido, invitar se deja.
Así, que enarqué, escéptico, las cejas,
y felicité, por su hallazgo, al leguleyo.
Sé que no es causa de culpa flagrante,
escribir sin la inspiración de un Dante,
ni tratar de alcanzar un tono de descuello.
De camino, mi gratitud a los cantantes;
les honro con gran honor, por su talante.
Es inevitable disgustar de un atropello.
Ante esta evidencia, agaché las orejas.
Ya, en la calle, memorando lo vivido,
haciendo recuerdo justo de todo ello,
recordé levísimos rumores de gorjeos,
y algún verso que se salvaba del fraseo.
En resumen, una noche de erizar el vello.
Para no recordar jamás algo tan feo,
me pasé por un bar y bebí un Burdeos.
Al volver, con frío, me alcé el cuello,
previniendo otros males, de mi abrigo.
Lo mejor: que dormí de buena gana.
Rimbaud.
