FARO DE HERCULES (Rimbaud - 16.10.06)
¿Porqué he hecho un largo viaje hasta el confín?
Podrías haberme enviado, como otras veces,
un correo, y no hacerme viajar todo un día,
para encontrarme con tu mano, yerta y fría,
y tus palabras, en un: “Adiós", tan definitivo.
¿Qué crees; que soy de piedra, como ese faro,
o acaso me brotan luces blancas de la frente ?
La costa de Galicia, es gélida e inclemente;
Sopla un viento feroz, y entrechocan las olas
contra el pedestal de ese ”Adiós”, indiferente,
que no logran derribar la fortaleza orientadora.
¿Qué he hecho? ¿Que he podido hacerte, Lola ?
Si me pedías besos, te los di, ¿no los añoras? ;
de madrugada, al medio día y en la suave noche.
Incluso te llamaba, furtivamente, desde el coche
si nadie me miraba; si pensaba que estarías sola.
Residías viva, en mi mente febril, a todas horas.
Y, esto ¿para qué? ; ¿para que un día, inesperado,
me dijeras que viniera hasta aquí, a recibir tu adiós;
a tomar, ausentes de mis manos, las tuyas glaciales;
a recoger mi pesado equipaje de miradas, ansiedades,
y todas tus palabras, antes fervorosas y ahora heladas,
con las que juraste que, para siempre, me querrías?
Nostalgia era yo mismo, y el mismo yo, mi rebeldía;
temblando de ira y dolor, pateando el húmedo suelo
mientras reclamaba, con rugidos de animal en celo,
me devolvieras la esperanza que albergaba, todavía,
de que volvieras a mi lado para comenzar, de nuevo,
la alegre historia que iniciamos, juntos, aquel día.
El Faro Romano, comenzaba sus barridos luminosos,
sobre un mar revuelto, grisáceo, agitado y proceloso,
haciendo que surgieran los fantasmas, entre brumas
moviéndose de un lado a otro sobre el viento; viajeros,
que flotaban en espuma verde y gris; como plumas,
que escribieran, en lienzo oscuro, sombríos desesperos.
De regreso, he cruzado las Rías, por la verde Pontevedra,
viendo cómo lloraba de pena, el cielo gris, sobre las piedras.
Yo también ascendí, como la hiedra, por fachadas de granito
hasta poder llamar en tu ventana luminosa, dando un grito.
Ahora, después de tanta carta, tanto tiempo y tanta espera,
debo dejar abandonada mi ilusión; aquella pasión primera.
He vuelto por Santiago, ciudad del Apóstol del camino -
el Santo incansable, que abrió a la Fe santa esperanza -,
hasta donde hoy me llevas, en este tu cruel desatino.
Le he visitado, piadoso, abrazando su cuerpo de metal;
dado tres cabezadas en su gastada columna reverencial,
y metido mis manos en los huecos oscuros del destino.
Ya no me queda sino volver a mi lejana casa; peregrino.
Rimbaud.
