AROMAS (Rimbaud - 10.12.06)
Son cosas tan naturales,
en los sentidos bestiales,
que se amen con el olfato,
bien sea el perro, o el gato,
o el caballo, o un chacal,
la gacela y el cervatillo,
el alce, el reno o el novillo,
el tigre, el búfalo, o el león.
Sin olvidar a los caballos,
u otro cuadrúpedo animal;
que sienta igual compulsión.
Aunque yo no estoy seguro
que huelan, de modo igual,
los gallos a las gallinas,
los halcones a las palomas,
los buitres a los capones,
la serpiente a los ratones,
las arañas a las moscas,
los lagartos a las orugas...
Y peor se me dan las cosas
si pienso en las mariposas.
El tiburón huele el humor,
de la víctima de su horror.
Entre los peces, lo ignoro;
si la orca husmea el coro
de los bancos de sardinas,
o algo que tenga espinas
que tragar con gran deleite.
De la ballena, se presiente
que usa del mismo sentido
al buscar plancton nutrido.
De ranas y otros batracios,
no conozco si son reacios
a usar útilmente el olfato.
Y lo mismo hablo del pato,
cisne y animales acuáticos,
que parecen tan simpáticos
cuando les echamos pan...
Pero no sé cómo logran
hallar rastro de gusanos,
larvas, o insectos de güano.
Acerca de los sentidos,
pocas cosas yo he leído.
Me considero un negado,
dispuesto a ser enseñado
por un lector con la ciencia
que instruya mi ignorancia.
Pero tiene gran dificultad
formarse en la especialidad;
porque suele ser intrusiva,
o puede resultar ofensiva.
Tengo un olfato curioso.
No podría emular al oso
cuando busca dulce miel,
aunque haga buen papel,
y bien aprecio lo que son,
por este delicadísimo don.
Más que por otras prácticas;
En situaciones aromáticas,
por elección, yo apercibo,
el perfume más atractivo.
Esto me lleva a reflexión,
sobre la extraña situación
descrita por una novela,
-y eso que estaba contada
hace tiempo, y olvidada-;
donde el olfato se revela
como causa de placeres
de consecuencias letales.
Desvelando situaciones
y sorpresivas cuestiones.
Se anuncia en cartelones
nombres y galardones,
de éxito y reconocimiento;
cuando ya fue pensamiento
de febril imaginación
sin plena ponderación.
Pero allí, se oyen gritos
de mujer; víctima de ritos
que hurtan, estando yertos,
feromonas a los muertos.
Dejemos al monstruo en paz,
porque no habría nadie capaz
de encontrar en esos potingues
satisfacción con los pringues.
Por llevarlo a terrenos llanos,
el placer, en comunes manos,
dicen ser atracción química;
combinaciones de alquimia
en rara y azarosa proporción,
que muda ritmos al corazón.
En Natura, lo más oloroso,
se ansía por ser hermoso.
Buscada sustancia selectiva,
que añade función atractiva.
Por ello, en la evolución,
proclive a esta intención,
entre los humanos bichos
-y nunca mejor dicho-,
es la básica aspiración,
lograr la reproducción.
Y a ella, nos rendimos todos,
de buenos o malos modos.
Seas bien sabio, o un gañan
o, quizá, el voluptuoso galán;
que teniendo presta la fibra,
nadie de su aparear se libra.
Al menos, en sano propósito,
que hay quien tiene arsenal
pleno, cual capullo reventón,
por causa de la privación.
En los lugares del mundo,
donde somos vagabundos,
en lídes del humano amor,
es habitual buscar lo mejor.
O, a aquel que se presume
dotado del mejor perfume
y que sature con su olor,
gustándolo a pleno sabor.
Y que colmen los aromas
del placer, de quien lo tomas.
De antiguo, los Comandantes,
Generales, Reyes o Infantes,
de bien probadas hombrías,
frecuentan las perfumerías
aduciendo las claras razones,
de salirles de los morriones.
Porque de nada puede servir
y se deba, por ello, admitir
que un mandatario celebrado,
deba oler como un esclavo.
Es que ha sido inevitable.
Junto a los brillos del sable
de cualquier batallador,
y al glorioso conquistador
que haya luchado por ello,
le han adornado el cabello
con los laureles del triunfo,
y el exotismo de un tufo,
de ungüentos relucientes
y cosméticos excitantes.
Los Faraones del Nílo
vestían, de blanco hilo,
faldellines de algodón
y corpiños con cinturón.
Era un vestuario escueto,
transparente y sin recato;
tal que una bella desnudez
tímida y osada, a la vez.
Su único adorno: el cuerpo
que embalsamaban, por cierto.
Los Griegos y los Romanos,
dueños del Mediterráneo,
formaban túnicas sin pieles,
ropas de alargados pliegues.
Simple y frugal vestimenta
que apenas tenía en cuenta
el rango del que la portaba,
puesto que era toga plisada
por un gran broche prendida:
fíbula de bronce, nombrada.
¡En fin!, ¿por qué debo recordar
cosas que es mejor, olvidar?
Todos ellos, en su tiempo,
buscaron cubrirse el cuerpo
con los medios más sutiles;
y, entre ellos, los aromas
que portaban en redomas
de un mundo inexplorado,
con néctares elaborados
y esencias de flor silvestre.
De limones y de canela,
de bergamota y granada,
de jugos de lirio blanco,
de naranja, tomillo y clavo.
Con rosas tan maceradas,
que estaban sublimadas,
con alcoholes de receta,
selladas en una probeta,
bien envueltas en alumbre,
según dicta la costumbre.
Así, en los reinos de Califas,
o en los modestos, de Taifas,
en cualquiera de los zocos
se vendía aceite de coco
y eucalipto refrescante.
De sésamo y de vainilla
de azafrán y de pimienta
del cardamomo y de rosa.
Y mil resinas destiladas
en anís, azúcar y melaza.
El alelí, y la flor de pasión,
que enerva tanta emoción.
El pachulí, elaborado,
que siempre era olfateado,
cuando se buscaban flores,
para ocultar malos humores.
Hedores de muchedumbre,
que tenía como costumbre
sumergir sus inmundicias
en jabón de grasa y cenizas.
O, tal vez, el árbol del té
quizá, sea mejor el ciprés.
Retama, genciana, eucalipto,
y la flor de San Benedicto.
De la albahaca, una pizca.
La canela, solo se pellizca
y dará el tono apropiado.
Salvia, toronja, y sándalo
sería aroma de escándalo
aireado por la mañana.
Filtrada bien, la mejorana
te dispondrá a ir de jarana.
Si, a almendras, añades jara,
pensarán que estas majara.
No me olvido del romero,
ni del fruto del limonero,
nacido en la primavera,
majado con lavanda entera.
Si maceras el pomelo,
tendrás olor a caramelo.
El hinojo y el jazmín,
siempre alegran el jardín.
El jengibre, que preserva
de muchos males mayores.
Y, entre otras, la melisa,
que es curación de la risa.
Yo, mientras en rezar pienso,
que no me falte el incienso.
A mí, en concreto, me pirra,
la dulce esencia de la mirra.
En los conventos de monjas
he visto plantar toronjas.
Luego, exprimir "Neroli",
que es un aceite finolis
famoso por su bondad
para templar la ansiedad.
Y cultivar la manzanilla,
que es la salud amarilla
y suaviza bien los ardores
de vientre, y otros dolores.
Para los niños, las mentas;
porque siempre se comenta
que a la digestión ayudan
cuando de alimentos mudan
esos niños tan llorones,
que gritan como leones
cuando les quitan la teta.
Cogen muy grandes rabietas,
tal que fueran premoniciones
para cuando sean mocetones.
No se deben hacer promesas
con cosas que, en las mesas ,
se debieran bien degustar;
que no es la intención penar.
Los cariños muy sentidos,
son manjares restringidos.
¿No harán a alguno daño?
Preferible sufrir todo un año.
No soy mar que esté cerca,
ni un río, si siquiera alberca.
Sin embargo, hay dolores
que no los curan las flores.
Lo he comentado a ciegas;
no extrañaré si lo niegas.
Así que no sé si invitar,
-debiera dejarlo pasar-,
a tomarnos unos quesos,
mezcla de uvas y besos
que nunca podría dar
sin terminar por llorar.
Rimbaud

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