CARTA BLANCA (Rimbaud - 28.11.06)
Escucha mujer.
No hago más que darle vueltas a la mente, a la pluma y al papel.
Desde la dulce muerte de la noche pasada, al volver a la vida, y por la tarde,
esperaba encontrar una honrosa salida.
Pero no.
He tenido que recogerme en el silencio, para poder volar con toda mi carga,
como un cohete lunar lanzado hacia el espacio,
descubriendo mundos nuevos y ensoñados espacios luminares.
Me he preguntado:
¿Si tu risa no es fingida, por qué, a veces, te muestras atrevida o reticente,
amagando y no mostrando tu medida?
No me podrás dar hoy esa respuesta; pero estoy repleto de impaciencias.
Te digo:
Cuando siento la pasión de tu presencia, soy árbol sin corteza, descarnado.
Recuerdo tus ojos,... y tu cara reclinada, testaruda, ocultando la mirada.
Y aún eso, después de lograr retirar de tu cuerpo algunos velos.
Te cederé, mujer, cualquier día, la razón de mi fuerza y de mi hombría.
Te transformaré: de tierra reseca, en fértil regadío; inundándote de los pies a la cabeza,
con lágrimas de suave lluvia de amor.
Y será tu cuerpo, mujer, guitarra resonante;
bordón y prima, pulsadas, jugando a dúo, que vibrarán inquietas entre mis dedos,
borrando en ti todos los miedos.
No debiera decir esto, por prudencia, pero...
¿Qué más da?
Ni siquiera puedo bajar la cabeza, avergonzado, en tu presencia.
Aquí, en mi piel, tatuado como un fuego residual convertido en brasas,
permanece, todavía, el calor de tu recuerdo.
Indelebles cicatrices son las huellas de tus dedos, en mi pecho.
Mujer.
Rimbaud
No me podrás dar hoy esa respuesta; pero estoy repleto de impaciencias.
Te digo:
Cuando siento la pasión de tu presencia, soy árbol sin corteza, descarnado.
Recuerdo tus ojos,... y tu cara reclinada, testaruda, ocultando la mirada.
Y aún eso, después de lograr retirar de tu cuerpo algunos velos.
Te cederé, mujer, cualquier día, la razón de mi fuerza y de mi hombría.
Te transformaré: de tierra reseca, en fértil regadío; inundándote de los pies a la cabeza,
con lágrimas de suave lluvia de amor.
Y será tu cuerpo, mujer, guitarra resonante;
bordón y prima, pulsadas, jugando a dúo, que vibrarán inquietas entre mis dedos,
borrando en ti todos los miedos.
No debiera decir esto, por prudencia, pero...
¿Qué más da?
Ni siquiera puedo bajar la cabeza, avergonzado, en tu presencia.
Aquí, en mi piel, tatuado como un fuego residual convertido en brasas,
permanece, todavía, el calor de tu recuerdo.
Indelebles cicatrices son las huellas de tus dedos, en mi pecho.
Mujer.
Rimbaud

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