GRUPOEMA

En la tradición marinera, los eventos de una jornada de navegación se reflejan en un bien llamado: "Libro de Bitácora". Los que navegamos por variados mares, en pos de la misteriosa y esquiva belleza, queremos recoger aquí los frutos de nuestras sinceras improvisaciones y empeñados ensayos creativos, para compartirlos libremente con aquellos que sientan un afín impulso de comunicación. A este recoleto mesón, de insomnes veladas y libre intimidad, sed convidados y bienvenidos.

Nombre: GERARDO FONTANES
Ubicación: Bilbao, Bizkaia, Spain

Mi blog pretende recoger, reunidad, las obras de pintura, cuyas imagenes he conservado, de una u otra forma, de exposiciones, y almacen de taller.

25.11.06

CASTILLA MISTICA (Rimbaud - 25.11.06)



Contaré que, en un viaje hacia los mares,
cruzando media España, con premura,
me detuve un momento en mi andadura,
al escuchar unos sonidos muy dispares.

Pude oír como el sonar de mil canciones,
más fuertes que los gritos de las aves,
o el tintineo agrandado de unas llaves,
abriendo, de los cielos, los portones.

Desde una posición dominante, elevada
contemplando todo aquello, pensativo,
afloráronme nostalgias, sin motivo,
rezumando una ternura subyugada.

(Ya sabéis que, si me ataca el sentimiento,
mi mente se alza en amplios vuelos,
-olvidándome que vivo sobre el suelo-,
pretendiendo alcanzar el firmamento.)

A mi vista, los caminos se ensartaban,
como brazos de un gigante condenado,
al mundo, para siempre, encadenado,
que se retorcían, perdían y regresaban.

No era muy difícil pensar, imaginando,
de un castillo a otro, o a un poblado,
la misiva breve del Rey a un ser amado
al mensajero epistolar, portar galopando.

Veía pueblos, recogidos por el viento,
con sus casas ocre oscuro, cal y plata,
como banderas de paz sus ropas blancas,
tendidas al, del último sol, cálido aliento.

Sorprendido por imagen tan austera,
olvidé de mi tiempo hasta el origen
de la prisa que tenía, según dicen,
de lanzar mis cien caballos en carrera.

Alcancé a oír las campanas de Castilla,
rebotando en cada loma domeñada
por el surco, el sudor y por la azada,
de los hombres que esparcen la semilla.

A su son, van los emigrantes, soñadores,
vagabundos de la tierra, buscavidas,
jugadores de mil insólitas partidas,
oteando otro horizonte de sudores.

Sus sonidos, son de bronce, luego plata,
hasta tornarse, al fin, en oro los tañidos,
como golpeteos en la fragua, dirigidos
al corazón de cada hombre que se escapa.

Llamaron a la guerra y la batalla.
Celebraron las victorias, tronantes,
compañeras de trompetas insultantes,
expandiendo su vibrar, cotas de malla.

Mas, cuando vuelven la cara los destinos,
y debemos rememorar malos momentos,
convierten en ligeros tañidos sus lamentos:
en tristes rebatos mortuorios, los plañidos.

Al alba, aves que, batiendo alas, desperezan.
En el cenit, murmurar de una vida
que se para.
En la fiesta, alegre, sonora y limpia carcajada.
Y al morir, quejidos funerarios, cuando rezan.

Despiertan, al tañer con toques largos,
al pastor adormecido en la cañada,
que maja en la leche, ya cuajada,
el cuerpo de esos quesos tan amargos.

Me encontré con sus ondas, redoblando
entre adobes de unas casas milenarias;
en piedras grises, apiladas en murallas,
o aves, en viejos campaniles, anidando.

Como búhos, vigilantes de otras vidas,
son sus frías masas, moles rechinantes,
péndulos de un reloj eterno, expectantes;
grandes copas de metal , ennegrecidas.

Martillean con sus miembros, los colgajos,
pareciendo duras virilidades escondidas;
fértiles preñadoras de mil notas, repetidas
e imponentes, cuando agitan sus badajos.

Cayó el sol, y su fulgor iluminó mis pasos,
manso como perro guardián que retozara,
y en los verdes de los prados se gozara
en el, de su último calor, un suave ocaso.

Coincidió, cosa de suerte o de azar,
o del acaso, que tuviera en previsión,
de que yo sintiera aquel día la emoción
de tangible sensación de inmensidad.

Y pensé: creemos dominar la tierra.
Hago esto o aquello, porque quiero.
Si lo deseo, vivo; si no, yo muero,
resolviendo sobre la paz y la guerra.

Pretenciosos, soberbios enajenados,
decidimos las locuras más extrañas.
Nos abrimos, uno a otro, las entrañas,
o reímos como locos, abrazados.

¡Qué faenas nos hicieron los dioses,
injertando un cerebro tan poderoso,
en un cuerpo de animal tan espantoso,
tan cruel, y de instintos tan feroces!

¿Cómo seremos vilmente asesinados?
¿Por el fuego de armas convencionales;
por cohetes o mísiles criminales;
o con láseres destructores, irradiados?

Germicidas, guerras químicas, la peste
insuflada, contagiada y propagada...
Con la sangre incurablemente envenenada,
rampante veo al fiero caballo de la muerte.

Y la tierra, será tierra en nuestros ojos;
la arrasarán los mares con ira, desbocados.
Nuestros cuerpos en antorchas trasmutados
no podrán tacharse ni siquiera de despojos.

¿Qué es lo que nos puede al fin salvar,
de un triste Armagedón; del día final,
de la rugiente explosión del átomo letal,
salvo nuestra pobre capacidad de amar?

Nos intimidad, humillantes, los matones.
Empobrecen, mortifican, esclavizan
aquellos que, hoy en día, ya fabrican
llamadas: "bombas limpias", de neutrones.

Perdonadme que grite, o que me ría,
al pensar en tan oscura perspectiva,
en que nos ha sumido la inventiva
celebrada, por el poder de cada día.

Yo os afirmo que: no hay sana mente
que imagine, con la mejor intención,
nada que a la postre, o como colofón,
no acabe utilizándose en algún frente.

Si desprecio a la llamada: "inteligencia",
ni presumo que haya bien en el destino;
no me queda, cierto es, otro camino
que regresar a un mundo de inocencia.

Inocente quiero ser; es mi tímido deseo.
Vagabundo que enseña a su alma a soñar,
y, hacia espacios siderales, lanzo a volar
mi espíritu, transformado en Prometeo.

Entonces, me di pronto cuenta del ensueño;
había entendido, bruscamente, la verdad;
Y, en un arrebato de restallante claridad,
mi sensitivo interior, ya no tuvo un dueño.

Había perdido el concepto de la fugaz vivencia.
No era un hombre escuchando, desde un altozano
el sonar de claros tañidos en campanarios lejanos;
sino el espíritu transido de una súbita conciencia.

Si volviera a reencarnarme, en el mañana,
anunciaría un mundo más feliz a los mortales.
Refundido y aleado con otros nobles metales,
sería, en mi vivir, recio cuerpo de campana.

Rimbaud