ARGENTINITA ( Rimbaud - 08.01.07)
La madrugada era yerma,
y, entre jirones de nubes,
despuntaba un sol aterido,
en el cielo azul añilado.
Mientras, la orilla dejaba
te llevara, hacia tus sueños,
aquel barco que zarpaba
para un destino anhelado.
Abandonaste tu Patria
a disgusto y angustiada,
desprotegida y ceñida
por desengaños de hiel.
La tierra seguía escondida,
tan feraz como un vergel,
bajo los pastos verdeantes
pateados por las manadas.
Adiós lejanas montañas;
adiós queridos amigos.
Los ondulantes trigales,
en las anochecidas frías;
ya están desposeídos
de lunas lenticulares,
de piafados de animales,
y de suspiros de amantes.
Dejaste, al fin, las llanuras
llenas de bravos potreros
donde estaban escondidas
las pasiones entre hierbas
que alimentaban rebaños,
los corceles, y vacadas
separadas por dehesas
mientras apacentaban.
Lugares que no se olvidan:
el viento en el cañaveral,
el olor de los pastizales,
ni los vacunos erales,
ni el calor de la lumbre,
ni el lecho en el pajonal,
ni el mate de la costumbre
tomado a besos cebados.
Desde la pampa amarilla:
humedal frío en invierno
y un infierno en el verano:
Dulces notas de guitarra
llegaban a las claras orillas
de atlantes ríos, y océano,
donde se bañan primarias
densas selvas, lujuriantes.
A golpes de furia y fervor,
en su tenso cuero curtido,
el bombo, redondo tambor,
marcaba el compás profundo
del ritmo del carnal amor,
en intimidad escondida.
Mientras, seguía la vida
susurrando su rumor.
En las orgías y timbas,
resonante y marcador
de canto y palabra latido,
acompaña al recitado
versear del payador,
amigo fiel y querido,
dando sones de marimba
a su canto, tan dolido.
Cuando oigas el sonido
de la encordada el tañido,
guitarreando por lo bajo;
y del bandoneón la murga,
en la zamba y en el tango,
con acordes de menor,
haz un acopio de valor,
y envíalo todo al carajo:
Desde el patrón al peón,
y, de paso, al mayoral,
con el despecho cordial
de tu orgullo lastimado.
Dale suelta al animal,
al dolor de lo sufrido,
y al recuerdo de una vida
en que todo estaba mal.
Generando prosa amarga,
desamores y pesadillas,
escritas por un fantasma
embaucador de tu alma
con intenciones letales.
Germinador de ansiedad,
y pasión que nunca llegó
a despertar madrugadas.
Si quiebran tus soledades,
desgajando sentimientos
y macerando los deseos;
porque se muestren ariscos,
no permitas más mordiscos
ni te dejes devorar tanto.
Aunque esos canes sean
animales racionales.
¿Qué te dices cada noche
cuando piensas en la nada,
acurrucada en tu lecho,
atragantada de despecho,
y aspirando soledades,
o deseando otro techo?
¿Quizá en páginas blancas,
con letras de oro adornadas?
Refúgiate en el lenguaje.
Que te cubra, como escudo,
de lanzadas y de dardos,
tu verbo de acero y estaño.
Será un nuevo río de plata,
lo que vayas moldeando
al son de furiosos golpes
de confianza... y de años.
Aquí está lo que debes tener:
lo recordado, un presente
y un porvenir esperanzado.
¡Adiós, Buenos Aires querido,
cuando yo te vuelva a ver!...
Pues allá se quedó, en el fango,
entre gemidores de tangos
y ambición de oro molido.
Rimbaud
y, entre jirones de nubes,
despuntaba un sol aterido,
en el cielo azul añilado.
Mientras, la orilla dejaba
te llevara, hacia tus sueños,
aquel barco que zarpaba
para un destino anhelado.
Abandonaste tu Patria
a disgusto y angustiada,
desprotegida y ceñida
por desengaños de hiel.
La tierra seguía escondida,
tan feraz como un vergel,
bajo los pastos verdeantes
pateados por las manadas.
Adiós lejanas montañas;
adiós queridos amigos.
Los ondulantes trigales,
en las anochecidas frías;
ya están desposeídos
de lunas lenticulares,
de piafados de animales,
y de suspiros de amantes.
Dejaste, al fin, las llanuras
llenas de bravos potreros
donde estaban escondidas
las pasiones entre hierbas
que alimentaban rebaños,
los corceles, y vacadas
separadas por dehesas
mientras apacentaban.
Lugares que no se olvidan:
el viento en el cañaveral,
el olor de los pastizales,
ni los vacunos erales,
ni el calor de la lumbre,
ni el lecho en el pajonal,
ni el mate de la costumbre
tomado a besos cebados.
Desde la pampa amarilla:
humedal frío en invierno
y un infierno en el verano:
Dulces notas de guitarra
llegaban a las claras orillas
de atlantes ríos, y océano,
donde se bañan primarias
densas selvas, lujuriantes.
A golpes de furia y fervor,
en su tenso cuero curtido,
el bombo, redondo tambor,
marcaba el compás profundo
del ritmo del carnal amor,
en intimidad escondida.
Mientras, seguía la vida
susurrando su rumor.
En las orgías y timbas,
resonante y marcador
de canto y palabra latido,
acompaña al recitado
versear del payador,
amigo fiel y querido,
dando sones de marimba
a su canto, tan dolido.
Cuando oigas el sonido
de la encordada el tañido,
guitarreando por lo bajo;
y del bandoneón la murga,
en la zamba y en el tango,
con acordes de menor,
haz un acopio de valor,
y envíalo todo al carajo:
Desde el patrón al peón,
y, de paso, al mayoral,
con el despecho cordial
de tu orgullo lastimado.
Dale suelta al animal,
al dolor de lo sufrido,
y al recuerdo de una vida
en que todo estaba mal.
Generando prosa amarga,
desamores y pesadillas,
escritas por un fantasma
embaucador de tu alma
con intenciones letales.
Germinador de ansiedad,
y pasión que nunca llegó
a despertar madrugadas.
Si quiebran tus soledades,
desgajando sentimientos
y macerando los deseos;
porque se muestren ariscos,
no permitas más mordiscos
ni te dejes devorar tanto.
Aunque esos canes sean
animales racionales.
¿Qué te dices cada noche
cuando piensas en la nada,
acurrucada en tu lecho,
atragantada de despecho,
y aspirando soledades,
o deseando otro techo?
¿Quizá en páginas blancas,
con letras de oro adornadas?
Refúgiate en el lenguaje.
Que te cubra, como escudo,
de lanzadas y de dardos,
tu verbo de acero y estaño.
Será un nuevo río de plata,
lo que vayas moldeando
al son de furiosos golpes
de confianza... y de años.
Aquí está lo que debes tener:
lo recordado, un presente
y un porvenir esperanzado.
¡Adiós, Buenos Aires querido,
cuando yo te vuelva a ver!...
Pues allá se quedó, en el fango,
entre gemidores de tangos
y ambición de oro molido.
Rimbaud

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