FRENTE A LA PLAYA (Rimbaud 05.01.07)
Frente a la playa,
me he sentido extraño,
mientras caminaba
por la larga cinta
de la carretera nueva.
La costa, tan requemada
por aquel olvidado sol,
entristece sus rocas claras
bebiendo una lenta lluvia.
Un barco, lejano peregrino,
empenachado de humos,
traza el surco bullente,
de su navegante camino.
Frente a la playa, la mar retoza.
Calmada y sola,
desmaya la ola,
agotadas perlas de espuma gris.
Regreso al furtivo pasado.
Escribo en la arena
el recuerdo de otras
mañanas, y de los veranos.
En pie, altivo, a pleno sol
devoraban el aire,
abiertos a la vida,
los latidos de mi corazón.
Mirando, viendo, sintiendo,
fantaseando
o soñando,
quizás, un mañana incierto.
Aunque permanezca ahí
el pasado,
siquiera hoy,
me niego a estar muerto.
Observo las olas surgir,
blandamente,
entre el muelle
y las barcas del puerto.
Atraviesan la ensenada,
muchas gaviotas
de grandes alas,
como velas desplegadas.
Hambrientos cormoranes
aterrizan,
veloces,
en los riscados farallones.
Humedad de cielo nublado
bañando las rosas
y los verdes matos,
en las laderas derramados.
El lento vagar untuoso
de la sedosa vida
de las caracolas,
en los ribazos verdosos.
El rústico Viejo Puerto,
es blanco recinto,
para quien busca
hallar en él su descanso.
En un banco de piedra,
bajo un paraguas,
dos enamorados
se intercambian besos.
Me ha llegado lo esperado:
la nada que hacer,
un vagar deliberado;
sentarme a mirar y a ver.
El espectáculo de la vida
congelado;
el tiempo...
y cualquier otro trabajo.
Un vino claro en la barra
del bar.
Y solitaria,
la mesa donde me acojo
Saco del bolsillo un papel doblado
y arrugado.
Le pido
al camarero, un bolígrafo prestado.
Espero, sin saber si vendrá
la inspiración,
que espero
hallar en su risa recordada.
O en un abrazo silencioso
que abrigue
unas horas
íntimas, de ilusión recatada.
Pero no hay nadie esperando.
Esto está vacío
de abrazos.
Me encuentro descorazonado.
Hoy, podría ocurrírseme hacer
cualquier
insensatez.
Pero no logro imaginarme nada.
Pasa la gente con mucha prisa,
ajetreada
en su faena,
sin pararse tampoco a pensar.
Pues, que corran ellos, sin pena
y enloquecidos.
Yo he cumplido,
durante largos años, mi condena.
Termino lo que he anotado,
con rapidez,
porque veo,
frente al bar, su coche aparcado.
Salgo a buscarla, apresurado.
No te marches,
pequeña musa.
Hoy más que nunca, necesito
sentirme, por ti, enamorado.
Rimbaud
me he sentido extraño,
mientras caminaba
por la larga cinta
de la carretera nueva.
La costa, tan requemada
por aquel olvidado sol,
entristece sus rocas claras
bebiendo una lenta lluvia.
Un barco, lejano peregrino,
empenachado de humos,
traza el surco bullente,
de su navegante camino.
Frente a la playa, la mar retoza.
Calmada y sola,
desmaya la ola,
agotadas perlas de espuma gris.
Regreso al furtivo pasado.
Escribo en la arena
el recuerdo de otras
mañanas, y de los veranos.
En pie, altivo, a pleno sol
devoraban el aire,
abiertos a la vida,
los latidos de mi corazón.
Mirando, viendo, sintiendo,
fantaseando
o soñando,
quizás, un mañana incierto.
Aunque permanezca ahí
el pasado,
siquiera hoy,
me niego a estar muerto.
Observo las olas surgir,
blandamente,
entre el muelle
y las barcas del puerto.
Atraviesan la ensenada,
muchas gaviotas
de grandes alas,
como velas desplegadas.
Hambrientos cormoranes
aterrizan,
veloces,
en los riscados farallones.
Humedad de cielo nublado
bañando las rosas
y los verdes matos,
en las laderas derramados.
El lento vagar untuoso
de la sedosa vida
de las caracolas,
en los ribazos verdosos.
El rústico Viejo Puerto,
es blanco recinto,
para quien busca
hallar en él su descanso.
En un banco de piedra,
bajo un paraguas,
dos enamorados
se intercambian besos.
Me ha llegado lo esperado:
la nada que hacer,
un vagar deliberado;
sentarme a mirar y a ver.
El espectáculo de la vida
congelado;
el tiempo...
y cualquier otro trabajo.
Un vino claro en la barra
del bar.
Y solitaria,
la mesa donde me acojo
Saco del bolsillo un papel doblado
y arrugado.
Le pido
al camarero, un bolígrafo prestado.
Espero, sin saber si vendrá
la inspiración,
que espero
hallar en su risa recordada.
O en un abrazo silencioso
que abrigue
unas horas
íntimas, de ilusión recatada.
Pero no hay nadie esperando.
Esto está vacío
de abrazos.
Me encuentro descorazonado.
Hoy, podría ocurrírseme hacer
cualquier
insensatez.
Pero no logro imaginarme nada.
Pasa la gente con mucha prisa,
ajetreada
en su faena,
sin pararse tampoco a pensar.
Pues, que corran ellos, sin pena
y enloquecidos.
Yo he cumplido,
durante largos años, mi condena.
Termino lo que he anotado,
con rapidez,
porque veo,
frente al bar, su coche aparcado.
Salgo a buscarla, apresurado.
No te marches,
pequeña musa.
Hoy más que nunca, necesito
sentirme, por ti, enamorado.
Rimbaud

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