UN RINCON OSCURO ( Rimbaud 22.10.06)
Ayer descubrí un rincón muy oscuro
donde estaba, olvidado, un trozo de alma.
Lo he sacado a la luz, para mirarlo;
Lo he limpiado con mi pañuelo blanco;
Lo he refrotado con la tela de mi manga,
puliéndolo con el afán de un artesano.
Es un bloque de cristal, transparente,
conformado como una bola de adivino.
He dejado que la luz lo atraviese;
He admirado sus irisaciones refulgentes;
He fisgado, curioso, el interior de ese cristal,
para averiguar ahí el color de mis deseos.
Al principio, he vislumbrado soledad y vacío.
Luego, ha aparecido una neblina de esperanza,
He visto mi mirada azul, embebida en otra oscura;
He contemplado el fluir de un agua fresca;
He escuchado murmullos de música antigua,
imágenes de un intuido futuro ilusionado.
El trino de una garganta pura te ha anunciado.
Un grito agudo me ha llamado desde la lejanía.
Voz, vibrante, canto de pájaro feliz;
Voz, roja sangre de toro y arcilla;
Voz, secreto recitado en cantos reverentes,
abrigada en manto de armiño, blanco y suave.
Del vientre generoso de la diosa Natura,
has brotado, en gozo creador, emocionado.
Rama, plena de frutos generados;
Rama, que rezuma savia incandescente;
Rama, que tiende a otras sus verdes manos,
crispándose en el brazo amigo de la vida.
Dentro del futuro incierto de mi existencia,
albergo, en resplandor de amaneceres,
la perla, engendrada en nácares salinos;
la perla, talismán y promesa de fortuna;
la perla, que orna, con engarces plateados,
tu alma nueva, gozosa, blanca, enjabelgada.
En el estrecho sendero de un desierto verdoso,
te he visto caminar entre las flores empapadas.
Pasos, dejando hondas huellas, anegadas de llanto;
Pasos, en el húmedo decorado de un otoño nuevo;
Pasos, retornando, con largas zancadas de nostalgia,
al bosque, dueño y señor de caminos olvidados.
He podido leer, en el musgo de las piedras,
tu querido nombre, escrito por la lluvia.
Signos cabalísticos que sólo yo puedo descifrar;
Signos orlados de brotes y filamentos dorados;
Signos que abren senderos de amor imaginado,
al viajero soñador, embebido del ritmo de la luna.
Rimbaud
donde estaba, olvidado, un trozo de alma.
Lo he sacado a la luz, para mirarlo;
Lo he limpiado con mi pañuelo blanco;
Lo he refrotado con la tela de mi manga,
puliéndolo con el afán de un artesano.
Es un bloque de cristal, transparente,
conformado como una bola de adivino.
He dejado que la luz lo atraviese;
He admirado sus irisaciones refulgentes;
He fisgado, curioso, el interior de ese cristal,
para averiguar ahí el color de mis deseos.
Al principio, he vislumbrado soledad y vacío.
Luego, ha aparecido una neblina de esperanza,
He visto mi mirada azul, embebida en otra oscura;
He contemplado el fluir de un agua fresca;
He escuchado murmullos de música antigua,
imágenes de un intuido futuro ilusionado.
El trino de una garganta pura te ha anunciado.
Un grito agudo me ha llamado desde la lejanía.
Voz, vibrante, canto de pájaro feliz;
Voz, roja sangre de toro y arcilla;
Voz, secreto recitado en cantos reverentes,
abrigada en manto de armiño, blanco y suave.
Del vientre generoso de la diosa Natura,
has brotado, en gozo creador, emocionado.
Rama, plena de frutos generados;
Rama, que rezuma savia incandescente;
Rama, que tiende a otras sus verdes manos,
crispándose en el brazo amigo de la vida.
Dentro del futuro incierto de mi existencia,
albergo, en resplandor de amaneceres,
la perla, engendrada en nácares salinos;
la perla, talismán y promesa de fortuna;
la perla, que orna, con engarces plateados,
tu alma nueva, gozosa, blanca, enjabelgada.
En el estrecho sendero de un desierto verdoso,
te he visto caminar entre las flores empapadas.
Pasos, dejando hondas huellas, anegadas de llanto;
Pasos, en el húmedo decorado de un otoño nuevo;
Pasos, retornando, con largas zancadas de nostalgia,
al bosque, dueño y señor de caminos olvidados.
He podido leer, en el musgo de las piedras,
tu querido nombre, escrito por la lluvia.
Signos cabalísticos que sólo yo puedo descifrar;
Signos orlados de brotes y filamentos dorados;
Signos que abren senderos de amor imaginado,
al viajero soñador, embebido del ritmo de la luna.
Rimbaud

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