NOTAS PARA UN POEMA DE FINALES DE SEPTIEMBRE (Rimbaud -28-09-06)
No he llegado a ti para convertirme en el límite lineal de tu horizonte, ni crear una barrera entre el azul de mis ojos y el oscuro mar de tu cabello; si no para transformarte en goleta de amplio y blanco desplegado velamen, que consiga flotar libre sobre las tempestades horrísonas del destino, y navegue más allá de cualquier frontera existente entre el cielo y el agua. He arribado a ti como una barca en la corriente de un riachuelo perezoso, que se traba en el verde carrizal de sus orillas.
También, como tú, le pregunto al oráculo mágico de los inquietantes dioses, dónde está mi presente, dónde mi futuro, y cual el sentido de ésta mi existencia. Elevo la mirada hacia la lejana gloria de aquellos que dieron su ejemplo de vivir, sin lograr escuchar dentro de mí el eco de sus sabios e innumerables consejos. Tampoco oigo vibrar las protectoras trompetas de alarma cuando caigo en el error. Ni tampoco me advirtieron, con presagios inequívocos, del dolor resignado que me esperaba.
Al final de mis reflexiones, siempre acabo contemplando obsesivamente mis manos. Miro el anillo que desposó mi juventud fragante; oxidado por tantos olvidos injustos por una y otra parte. Quisiera dejar de lado, por unos instantes, aquella filigrana de plata, ahora obscurecida por el correr del tiempo, que fue a engarzarse profundamente entre la carne de mis dedos, fundiéndose con ellos. Y ambiciono, a veces, repujar otro bello soporte para la antigua joya mateada de mi deseo insatisfecho.
El dormir de cada día me hace olvidar el simple vivir yermo del día anterior. Los arcanos secretos de la cultura me absorben, llevándome por vericuetos de sucesos, nombres de adalides de batallas olvidadas, intrigas palaciegas y venganzas de mesón; historias de hombres y mujeres enredados en la sutil trama vegetal de la hiedra del amor. Aquellos que tomaron, inocentes, del árbol de la sabiduría, la manzana que emponzoñó sus almas con el más dulce de los venenos.
Hay albas en que amanezco despierto, flotando mi mente en un duermevela acolchado de tibios pensamientos de seda. Entonces creo soñar en el disfrute del brillo y calor de otra piel y lucir, al menos por un día, con el esplendor de una juventud casi olvidada. Pero la realidad es otra. Somos anillos que pertenecemos a otras manos, y a ellas estamos obligados y sujetos, sin querer llegar a pensar donde está el delgado vínculo que mantiene unidos nuestros pasos.
Buscamos a Dios leyendo, en un antiguo breviario de páginas resobadas, salmodias y frases mortecinas con las que comunicamos nuestra desesperanza. Cada sol nuevo es una promesa. Cada oscura noche un desengaño. Me pregunto dónde está aquel latido que me empujaba desde dentro. Posiblemente perdido, como tantas horas, minutos, segundos y fragmentos de alegría. Y solo puedo decir hoy: “ La culpa es mía”, por haberme prometido lo imposible.
Si pudiera hacerlo sin dolor, despojaría de todo adorno mis manos, de toda cadena de valioso metal mi pecho, de toda ropa mi cuerpo. Dejaría que mis dedos se soltaran y las manos se abrieran libres, para que tendieran al cielo, gesticulando su ansiosa búsqueda. Si fuera posible, adornaría mi lecho con la luz de alguna estrella lejana, para iluminar una sola noche de amor profundo. Luego esperaría que llegara una gacela, a comer en el aprisco de mi cuerpo impaciente.
No sé lo que sería capaz de hacer. Quizá me adornara, coronándome como el príncipe de los payasos; o enfundaría sobre mi cabeza el alto capirote universal del mago Merlín. Si fuera así, por imaginar algo, manejaría la varita del nigromante para sorprenderos con mis juegos cabalísticos. Para seduciros, quizá diera atrevidos paseos por el aire, brincaría hacia el techo rompiendo las leyes de la gravedad y aterrizaría arrodillado y reverente.
Quizá, como un hechicero, un chamán vinculado con lo ignoto, diera unos cuantos pases mágicos, desprendiendo corpúsculos de chispeante polvo estelar y, al conjuro de palabras hechizantes, hiciera brotar, del fondo aterciopelado de una chistera, misteriosos fuegos fatuos de magnesio; pañuelos de tejido inmaterial para sofocar risas absurdas; palomas y conejos; naipes y bolas de refulgentes cristales; un arco iris de límpidos colores encintados; confeti y un serpentín de golosinas.
Dejaría que, el tacto de mis manos, se sumiera en la búsqueda de lo ignoto, acariciara el secreto, desvelara los enigmas y ambas rezaran, juntándose reverentes sobre los senos de un deseo hecho carne. Tal vez consiguieran volar como palomas, ciñendo sus alas a las sienes de una diosa; o picotearan las rosas de la pasión, saboreando despacio el vino del amor. O puede que se unieran, como amigas, en torno de una cintura, abrazando la grácil franja de ternura que divide el cuerpo por su centro vital.
Trazaría incontables círculos sobre el ombligo fértil de una vestal descuidada; o dejaría que viajaran desde el tallado bronce de tus pies hacia la cima morena de unas estremecidas montañas de seda; o se perdieran en un bosque de placeres, saltando entre matorrales de frescura. Puede que, esas manos, tuvieran el impulso de jugar con el color rosa de la carne, con el rojo de unos labios encendidos de ansiedad, o el azul de unos párpados colmados de misterio.
Y puede que, también, quisiera mezclar los negros abanicos de tus pestañas con el volátil beso de una sonrisa blanca. Quizás, las manos atrajeran los cuerpos, aproximando un calor a la hoguera del ardor del otro, ayudando a ambos a entenderse, a separar sus diferencias, a unir sus distancias, abriendo un sagrado recinto para celebrar la comunión de sus espíritus. Y todo ello logrado por unas manos libres, sin anillos antiguos deslucidos por el uso, y envejecidos por la costumbre.
Solo sería manos tibias, manos amigas, mansas manos que describirían afectos , trazando signos acariciantes sobre tu cuerpo, para que comprendas, con pocas palabras musitadas en la soledad, el significado del más profundo y delicado sentimiento; el placer procurado con el simple rozar de la superficie táctil de los dedos trazando un: “ te quiero” sobre la tersa superficie de tu vientre. Y, al fin, sellar con el lacre rojo de tus labios esta carta que siempre nos hemos escrito sin saberlo.
Guárdalo en el secreter de tu memoria y no desveles su contenido; pertenece a la recóndita ciencia del vivir y al misterio indescifrable del amar. Hoy, rodeado de flores de otoño, macilentas y resignadas a escuchar en silencio tan solo una palabra de tus labios, y contemplando el desfile, incansable, de hormigas cibernéticas, llevando a cuestas pulsados signos de confidente añoranza hasta nuestros nidos alejados, me quedo con el súbito vacío de una ausencia sin despedidas.
Quisiera...
Quisiera, insisto, desearte unas buenas noches y que descanses respirando la cálida intimidad de tu deseo.
Con afecto.
“Es posible que este mensaje no pueda entregarse jamás. El usuario parece no estar conectado a la vida.”
Rimbaud
También, como tú, le pregunto al oráculo mágico de los inquietantes dioses, dónde está mi presente, dónde mi futuro, y cual el sentido de ésta mi existencia. Elevo la mirada hacia la lejana gloria de aquellos que dieron su ejemplo de vivir, sin lograr escuchar dentro de mí el eco de sus sabios e innumerables consejos. Tampoco oigo vibrar las protectoras trompetas de alarma cuando caigo en el error. Ni tampoco me advirtieron, con presagios inequívocos, del dolor resignado que me esperaba.
Al final de mis reflexiones, siempre acabo contemplando obsesivamente mis manos. Miro el anillo que desposó mi juventud fragante; oxidado por tantos olvidos injustos por una y otra parte. Quisiera dejar de lado, por unos instantes, aquella filigrana de plata, ahora obscurecida por el correr del tiempo, que fue a engarzarse profundamente entre la carne de mis dedos, fundiéndose con ellos. Y ambiciono, a veces, repujar otro bello soporte para la antigua joya mateada de mi deseo insatisfecho.
El dormir de cada día me hace olvidar el simple vivir yermo del día anterior. Los arcanos secretos de la cultura me absorben, llevándome por vericuetos de sucesos, nombres de adalides de batallas olvidadas, intrigas palaciegas y venganzas de mesón; historias de hombres y mujeres enredados en la sutil trama vegetal de la hiedra del amor. Aquellos que tomaron, inocentes, del árbol de la sabiduría, la manzana que emponzoñó sus almas con el más dulce de los venenos.
Hay albas en que amanezco despierto, flotando mi mente en un duermevela acolchado de tibios pensamientos de seda. Entonces creo soñar en el disfrute del brillo y calor de otra piel y lucir, al menos por un día, con el esplendor de una juventud casi olvidada. Pero la realidad es otra. Somos anillos que pertenecemos a otras manos, y a ellas estamos obligados y sujetos, sin querer llegar a pensar donde está el delgado vínculo que mantiene unidos nuestros pasos.
Buscamos a Dios leyendo, en un antiguo breviario de páginas resobadas, salmodias y frases mortecinas con las que comunicamos nuestra desesperanza. Cada sol nuevo es una promesa. Cada oscura noche un desengaño. Me pregunto dónde está aquel latido que me empujaba desde dentro. Posiblemente perdido, como tantas horas, minutos, segundos y fragmentos de alegría. Y solo puedo decir hoy: “ La culpa es mía”, por haberme prometido lo imposible.
Si pudiera hacerlo sin dolor, despojaría de todo adorno mis manos, de toda cadena de valioso metal mi pecho, de toda ropa mi cuerpo. Dejaría que mis dedos se soltaran y las manos se abrieran libres, para que tendieran al cielo, gesticulando su ansiosa búsqueda. Si fuera posible, adornaría mi lecho con la luz de alguna estrella lejana, para iluminar una sola noche de amor profundo. Luego esperaría que llegara una gacela, a comer en el aprisco de mi cuerpo impaciente.
No sé lo que sería capaz de hacer. Quizá me adornara, coronándome como el príncipe de los payasos; o enfundaría sobre mi cabeza el alto capirote universal del mago Merlín. Si fuera así, por imaginar algo, manejaría la varita del nigromante para sorprenderos con mis juegos cabalísticos. Para seduciros, quizá diera atrevidos paseos por el aire, brincaría hacia el techo rompiendo las leyes de la gravedad y aterrizaría arrodillado y reverente.
Quizá, como un hechicero, un chamán vinculado con lo ignoto, diera unos cuantos pases mágicos, desprendiendo corpúsculos de chispeante polvo estelar y, al conjuro de palabras hechizantes, hiciera brotar, del fondo aterciopelado de una chistera, misteriosos fuegos fatuos de magnesio; pañuelos de tejido inmaterial para sofocar risas absurdas; palomas y conejos; naipes y bolas de refulgentes cristales; un arco iris de límpidos colores encintados; confeti y un serpentín de golosinas.
Dejaría que, el tacto de mis manos, se sumiera en la búsqueda de lo ignoto, acariciara el secreto, desvelara los enigmas y ambas rezaran, juntándose reverentes sobre los senos de un deseo hecho carne. Tal vez consiguieran volar como palomas, ciñendo sus alas a las sienes de una diosa; o picotearan las rosas de la pasión, saboreando despacio el vino del amor. O puede que se unieran, como amigas, en torno de una cintura, abrazando la grácil franja de ternura que divide el cuerpo por su centro vital.
Trazaría incontables círculos sobre el ombligo fértil de una vestal descuidada; o dejaría que viajaran desde el tallado bronce de tus pies hacia la cima morena de unas estremecidas montañas de seda; o se perdieran en un bosque de placeres, saltando entre matorrales de frescura. Puede que, esas manos, tuvieran el impulso de jugar con el color rosa de la carne, con el rojo de unos labios encendidos de ansiedad, o el azul de unos párpados colmados de misterio.
Y puede que, también, quisiera mezclar los negros abanicos de tus pestañas con el volátil beso de una sonrisa blanca. Quizás, las manos atrajeran los cuerpos, aproximando un calor a la hoguera del ardor del otro, ayudando a ambos a entenderse, a separar sus diferencias, a unir sus distancias, abriendo un sagrado recinto para celebrar la comunión de sus espíritus. Y todo ello logrado por unas manos libres, sin anillos antiguos deslucidos por el uso, y envejecidos por la costumbre.
Solo sería manos tibias, manos amigas, mansas manos que describirían afectos , trazando signos acariciantes sobre tu cuerpo, para que comprendas, con pocas palabras musitadas en la soledad, el significado del más profundo y delicado sentimiento; el placer procurado con el simple rozar de la superficie táctil de los dedos trazando un: “ te quiero” sobre la tersa superficie de tu vientre. Y, al fin, sellar con el lacre rojo de tus labios esta carta que siempre nos hemos escrito sin saberlo.
Guárdalo en el secreter de tu memoria y no desveles su contenido; pertenece a la recóndita ciencia del vivir y al misterio indescifrable del amar. Hoy, rodeado de flores de otoño, macilentas y resignadas a escuchar en silencio tan solo una palabra de tus labios, y contemplando el desfile, incansable, de hormigas cibernéticas, llevando a cuestas pulsados signos de confidente añoranza hasta nuestros nidos alejados, me quedo con el súbito vacío de una ausencia sin despedidas.
Quisiera...
Quisiera, insisto, desearte unas buenas noches y que descanses respirando la cálida intimidad de tu deseo.
Con afecto.
“Es posible que este mensaje no pueda entregarse jamás. El usuario parece no estar conectado a la vida.”
Rimbaud

1 Comments:
..desde la esperanza...cada vez que leo tus apuntes rimb, me gustan mas y mas..espero que el usuario siga conéctado a la vida...porque sino los dias perderian calor, sonrisas, registros...
Publicar un comentario
<< Home