GRUPOEMA

En la tradición marinera, los eventos de una jornada de navegación se reflejan en un bien llamado: "Libro de Bitácora". Los que navegamos por variados mares, en pos de la misteriosa y esquiva belleza, queremos recoger aquí los frutos de nuestras sinceras improvisaciones y empeñados ensayos creativos, para compartirlos libremente con aquellos que sientan un afín impulso de comunicación. A este recoleto mesón, de insomnes veladas y libre intimidad, sed convidados y bienvenidos.

Nombre: GERARDO FONTANES
Ubicación: Bilbao, Bizkaia, Spain

Mi blog pretende recoger, reunidad, las obras de pintura, cuyas imagenes he conservado, de una u otra forma, de exposiciones, y almacen de taller.

28.10.06

EL SUCESO (Rimbaud . 28.10.06)

La lluvia bañaba el alba con humedades de madrugada,
cuando resonó un rugido proveniente del propio averno,
tal si hubiera reventado la puerta del temible infierno
en el seno oculto de los montes, en los propios intestinos,
entreverados de duro carbón, de aquellos valles floridos.

Se hizo después un silencio, ordenado por los dos dedos
de piedra, en cruz sobre los labios duros entreabiertos,
de las llagas en la dura tierra y en los roquedales ariscos.
Los pájaros despertaron, piando mil gorjeos de socorro.
Las avispas acabaron de rezumbar, en su libar delicado.

En cada casa, los turnos entrantes, se calaron los gorros,
cascos y buzos; aquellos grises uniformes de su trabajo.
Arreciaron las sirenas su recitativo ulular de lamentos.
El valle cubrió de escarcha temprana, el llanto dormido.
Los pies se movieron veloces, ante el dolor presentido.

Gritos de alarma, de voces, de órdenes y largos silbidos.
¡En el pozo tres! ¡En el pozo tres, es donde ha sucedido!
¡Ha sido un desplome, en la grieta negra del brocal tercero!
¿No se sabe nada? - preguntó, con ansia, otro compañero.
¡Sí! Han salido algunos heridos, y... ¡ha muerto un minero!

Silencio en los cerros. En el valle, triste, callaban los perros.
¡Por Dios! ¿Cual sería el nombre de aquel pobre obrero?
Susurros prudentes llevaron noticias a la casa cercana;
la huerta mediana, la higuera frondosa, y aquella guadaña
con la que, otras tardes, él segaba hierba para la cabaña.

En la clara solana tendida de ropas, una mujer joven, asomaba.
¿Qué pasa? ¡¿Qué pasa?!... – preguntaba, sin saber aún nada.
A ella llegaron corriendo dos hombres: el guarda y un capataz.
Los mozos pararon, el guarda se aparta y el capataz dispara:
¡Ha sido tu Juan! ¡ Nada que hacer! ¡Ahora lo están sacando!

Golpes de hierro candente, hirieron el pecho de la mujercita.
En algunos hogares, entre temores y alivios, estaban rezando
rosarios, oraciones casi murmuradas: ¡Santa Bárbara Bendita!
En la boca de la mina, obreros y vecinos, se iban arracimando.
Con chirridos de cables, volteaban despacio las norias de acero.

Por aquella boca del maldito infierno, surgió una vagoneta -
primario féretro de óxido y hierro-, tirada por cuatro caballos.
Bajo un negro sudario de ropa desgarrada, asomaba el cuerpo.
Las almas, brotadas por el venir de la pena, fluyeron en llanto.
Una mujer, arropada de otras, venía bajando hacia el roto tajo.

Cuando llegó al cuerpo, yerto en el suelo, se arrojó a su pecho;
y como un tibio sudario de mudos lamentos, lo cubrió de besos.
Le cerró los ojos; limpiando su claro rostro del tiznado negro.
Le tomo las manos, nudosas y duras, amantes celosas y puras,
que, de tantas caricias, habían dejado cicatrices en su cintura.

Esperaron a los médicos y al Juez. Los dueños llegaron raudos,
en coches pequeños. Pálidos como la cera, con trajes oscuros,
se fueron quitando sombreros, observándolo todo, consecuentes,
temiendo a los vivos, que les volvían el rostro en mudo desprecio.
Siempre era lo mismo. En la lucha de clases, son gajes del oficio.

Cumplidos obligados trámites legales y reconocimientos,
lo depositaron en un carromato, llevado allí, ex profeso,
tirado por cuatro caballos embridados de atalajes negros.
Fueron hacia el templo – una capillita de piedra, sencilla –
en el poblado, y cerca de la casa donde vivió el muchacho.

Dieron las ocho primera horas de aquella mañana de misterio,
En los intestinos, podridos y oscuros, de la vieja montaña prieta,
duros martillos de pico de acero horadaban, resoplando miedo.
Vibraban sus metales como campanas, destruyendo el tiempo.
tocando a rebato, llevando al viento los ecos de sus lamentos.

En el valle oscuro, de rediles secos, un pastor silbaba silencios.
Sacó el ganado a pastar lejos. Esquilas de cobre tocaban a muerto.
En la capilla, fueron reuniéndose en grupos otros mineros viejos
de rostros curtidos y de alma ancha, oscurecida por sufrimientos.
Aquel día sin fecha, la parca había pagado otra visita a sus neños.

Tenaz y empeñada, aquel alma renegrida se negaba a partir.
Estuvieron velándola: parientes, amigos y compañeros todos.
Incluso, una persona ignorada le estuvo llorando, a su modo.
Fue sobre las doce cuando lo llevaron para su último viaje,
Con gritos y protestas, le dieron un injusto precario equipaje.

El casco y las bujías, las linternas que tenía, y todo su correaje.
Por respeto, dejaron que la viuda le vistiera con el traje de boda.
Le despidieron sin palabras, bajándole a cuestas por el camino,
acompañado de cabras, ovejas y tres perros del amigo cabrero,
hasta el gran almacén general, donde solían guardar los aperos.

Al siguiente día, en un rincón del camposanto, le inhumaron.
En su homenaje, entre blasfemias, rindieron los cascos al suelo;
tirando tierra a la tierra; unas cuantas flores y escupitajos al cielo
Las señoras dueñas, sacaron pañuelos, fingiendo su desconsuelo.
Los niños pequeños siguieron las bromas, tirándose de los pelos.

Más tarde, prendieron, en el altar de la Santa Patrona, algún cirio.
Y, también, dentro del pecio: aquella catedral de carbón y hierro,
sostenida por las nervaduras y cruzados de durísimos maderos,
los obreros que eran más piadosos, le hicieron modestas ofrendas.
Devotos, entregaron a su protectora, lámparas de aceites y sebos.

Luciérnagas airadas se arrastraron por yermos y tristes huertos,
cargando a la espalda mochilas, llenas de cartuchos de dinamita.
Volvieron al trabajo, como mil gusanos regresando a sus agujeros.
En algo habrían pecado; quizá hallaron demasiado placer al gozar.
Era un universal destino: Sufrir el castigo divino, bajado del cielo.

Suspendieron la fiesta del cuatro de Diciembre, en señal de duelo.
Y, hasta el nuevo año, no habría más que velos de luto, y rezos.
Los campos se revistieron de verdes apagados, antes tan tiernos.
Los niños, ajenos, volvieron a un inocente juego de picos y palas,
pugnando entre ellos, a ver quién movía más tierra de en medio.

!Bang! !Bang! !Bang! resonaron diez explosiones en su honor,
que, a falta de campanadas, hicieron explotar los barreneros;
acallando risas de niños; suspiros de viudas; llantos y credos.
Las mujeres, abrazadas entre ellas, cuchicheaban desoladas
y, presas de febriles delirios, presagiaban los peores agüeros.

Se puso la tarde, roja de tanta vergüenza, tras los picos rocosos.
¡Se acabó el carbón! Finalizó, de aquel drama del teatro de pobres,
el acto primero. Luego, se dejó caer un telón de niebla y luceros.
El cruel dragón solar, embebido en la noche, huyó por el horizonte,
devorando ilusiones, anhelos y esperas; entre suspiros de fuego.


Rimbaud